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Naturaleza

   
   
   
 

El Camino de los Cátaros


María Adela Díaz Párraga

Toulouse, era la puerta de entrada al camino de los Cáataros. ¿Qué quienes eran los Cátaros? Pues… las gentes todavía no se han puesto de acuerdo, porque para los que siguen la iglesia católica, eran herejes, pero para otros, eran los Perfectos. Ellos se llamaban a si mismo Hombres Buenos, que no es poco.

El El El

El movimiento se inició en el siglo X, y en el año 1163, el canónigo Eckbert de Schönau, les llamaba despectivamente,  khataros. Sus ultimas fortalezas, cayeron en manos de San Luis de Francia, en el 1265. Pero ahora, no es cuestión de meternos en honduras teológicas, lo que una pretende, es que la acompañen en este caminar por abadías, castillos y ciudades fortaleza. Que sigamos el Languedoc, el Rousillon, y lleguemos al Mediterráneo.

Toulouse

Es el comienzo. Sus condes, siempre rebeldones al poder real  o eclesiástico,  apoyaron a los cátaros. A Toulouse la pintan de rosa y verde, jardines, plazas y fuentes. La Basílica de San Saturnino, donde está enterrado este santo, parada en el Camino de Santiago francés, es una obra maestra del románico, levantada en el siglo XI, sobre otras mucho mas viejas. La Catedral de St. Etienne, que fue construida entre el XIII y el XVIII, donde se mezclan los estilos, con preciosas vidrieras, tapices, la Gran Rosa, y sus diecisiete capillas. Del XVIII también, es el Convento de los Jacobinos, con bóveda estrellada sobre columnas, hay una que semeja una palmera. Un siglo después, se levantó el Convento de los Agustinos, y su soberbia Sala Capitular. Entre el XVI y el XVIII, los mercaderes ricos de la ciudad, levantaron espléndidos palacios. Jean de Bernuy, hizo construir la torre más alta, que para eso era el más rico, y en 1530, un maravilloso palacio que ahí esta para verlo. Y el comerciante Pedro D’Assezat, tenía un patio cuadrado casi idéntico al del Louvre. Hay que ver el Capitol o Ayuntamiento, que concluyó su larga fachada de  2.128 metros, en 1759. Contrastando con el Doujon, la torre del siglo XV, que albergó los Archivos. De día encontraran mercados la mar de tentadores, como el del Gras, pequeños restaurantes abiertos en las esquinas, con mesitas en la calle. La noche, larga y musical, con teatro, conciertos en el Halle aux Grains…   

Carcassonne    

Que es la próxima parada. Una ciudad fortificada, creada en gran parte por Luis IX, en el siglo XIII, cuando los cruzados la tomaron, haciéndola desaparecer casi toda. Lo mismo que a su señor, el cátaro Raymundo Roger de Trencaval, que no se sabe que fue de él. Apoyada en lo alto de un montículo, a la vera del río Aude, es casi inexpugnable. Habitada desde los tiempos prehistóricos, aún ahora es como una hermosa leyenda. Como Dama Carcas, la mujer que le dio el nombre. Una bravía princesa, que hizo frente al asedio de Carlomagno, y cuando solo tenían para comer un cerdo y un saco de grano, cebó con el al animalito, y lo tiro a los pies del rey. Y lo engaño, claro, porque pensando que les sobraba la comida, levantaron el sitio. Si quieren, podemos pasear por el Camino de Ronda, en lo alto de las murallas con almenas, torres y plataformas. Desde ahí, tiraban los proyectiles a los sitiadores, cerdo incluido. Las dos murallas, están jalonadas por torres de nombres evocadores: La gótica Tressau,, la de la Justicia, que era redonda, donde se refugiaban en caso de apuro los vizcondes de Trencavel. La de la Inquisición, morada del temido Santo Oficio. La del Obispo, que era cuadrada, cerraba el paso a las otras torres. La de St. Nazaire, a la que se llegaba por una escalera de madera, que se quitaba en caso de peligro, y protegía la basílica del santo, amparada a su espalda. La basílica es la mar de interesante, emparejando la nave románica con la ligereza de la cabecera  gótica, rodeada de vidrieras. A su lado, vigilante, el poderoso castillo feudal.     Toda la villa, es un entramado de simpáticas callecitas en cuesta, empedradas como en el Medievo, por las que no pasa un solo vehículo. Con hiedra en los muros de casas preciosas, como la que aposenta el hotel Dame Carcas, una casa del siglo XII, con escaleras y torre de la época. O el Hotel de Ville, que ocupa parte del viejo palacio de los Obispos. Hay tiendecitas familiares, pequeños restaurantes, cafetitos, donde comerán como señores feudales. No dejen de probar una rebanada de foie, o la pintada al estilo Lauregais, y como aperitivo, una copa de Or-Khina, de uvas grenache y naraja, y ya verán cosa buena.

Narbonne

Que ya nos espera. La Narbo Matius, antigua colonia romana, fundada 118 años antes de que naciera Cristo. El canal La Robine enlaza con el del Midi y el rio Aude, llevando al mar lo que le ha valido durante siglos, un buen comercio marítimo. Hoy, su riqueza son esas viñas que paren vinos de antología. Para conocerla, hay que arrancar de la Plaza del Ayuntamiento, o Plaza Aux Herbes. Un hermoso ayuntamiento, con portada neogótica, y al lado, la Catedral del siglo XIII, lo mismo que el Palacio Viejo de los Arzobispos. Una calleja medieval, el Passage de  L’Ancre, la separa del Palacio Nuevo del siglo XIV.       Esta el Horreum, un almacén del siglo I, muy  bien conservado, dividido en celdillas, donde todavía hay ánforas para el vino y el aceite. Y relieves, uno de ellos representa a Fadio Sintronio, inaugurando un mercado en el siglo II. Al lado del puente romano, coronado de casas, tienen que coger un barquito y darse un paseo por La Robine, que aposenta en cada orilla, una época de la ciudad. En la izquierda estuvo la villa romana, y en la derecha, la medieval. Mientras las esclusas van abriéndose al pasar el barco, como en un viejo grabado, aparecen el Foro, la iglesia de San Sebastián, del siglo XV; el Claustro del Carmen, del XII, la iglesia de St. Paail y la de Notre Dame de la Mourguie, la Maison des Trois Nourriges, del XVI… 

Font-Froide   

Siguiendo el camino cátaro, aparece esta Abadía  cisterciense, que tomó su nombre de una fuente que había a su vera. Las tierras las cedió el vizconde Americ de Narbonne a unos monjes, en el año 1093. La Sala Capitular, la iglesia y el bello claustro de mármol, son del 1145, la señorial escalera, unía las habitaciones de los monjes con la gran iglesia, gran nave de cañón quebrado, de veinte metros de altura. El hermoso  portón de entrada y el Patio de Honor, con frontón clásico, del siglo XVII. Tiene rincones la mar de interesantes, con nombres evocadores. El Callejón de los Conversos, la Capilla de los Peregrinos, una bella rosaleda, y un naranjal que plantaron en el siglo XIII. El asesinato de uno de sus monjes, el Legado Papal Pierre de Castelnau, desató la cruzada contra los cátaros. Otro monje importante, fue el abad Jacques Fournier, que llegó a Papa como Benito III. Después de muchos avatares, los monjes abandonaron la abadía, y hoy es propiedad privada. Ha tenido suerte, porque los dueños viven en ella, y la mantienen muy bien conservada.

Castillo de Peypertuse: El castillo del sigloXII, funde sus murallas con la roca en la que se apoya, a ochocientos metros de altura. Por  un camino de boj, se sube hasta el primer recinto, un patio alargado donde pasaban sus días los guardianes. La románica iglesia de Santa Marta, era a la vez Capilla y Torre del Homenaje. Dentro del segundo recinto otra fortaleza, la de San Jordi, última defensa a la que sólo se llega por la Escalera de San Luis, volcada sobre el abismo. Su señor, Guillaume de Peyrepertuse, prefirió rendirlo antes que sufrir un largo asedio.

Castillo de Queribus: Fue el último bastión de la resistencia catara, rendido en el año 1255, y su señor, el Caballero Chabert de Barbaira, quien dio asilo y apoyo a los cátaros. Soberbia muestra de la arquitectura  militar, domina las Corbieres y el Fenouillade, ha pertenecido a los Condes de Besalu, a los de Barcelona, a la Corona de Aragón y a la de Francia. Aun ahora, no es fácil llegar a él, subiendo por una escalera empinada, labrada en la roca. Arriba, saeteras, aspilleras, caminos de ronda, junto con salones, chimeneas, cisternas, talleres. Lo más interesante, es la Sala del Pilar, iluminada por un ajimez achaflanado, y que se llama así por el gran pilar del centro sosteniendo las bóvedas.

Cucugnan

Casi al lado,  un lugar pequeño, habitado ya en el neolítico, que perteneció a los Condes de Raze y a los Cerdagne-Besalu. En papeles del año 1140, se dice, que el Conde Berenguer de Peyrepertuse, rindió homenaje al de Barcelona, en nombre de Cucugnan. El pueblo tomó partido por los cátaros, hasta que se rindió a Luis IX. Al norte de la villa, está el poblado medieval, con restos de muralla, y una antigua puerta fortificada, Le Tourette, un molino de viento, un oratorio pequeño con bóveda de cañón,  y una iglesia, puede que la vieja del castillo, dedicada a St, Julien y Sainte  Basilisa, de la que se hablaba ya en el 1360. Y el insólito teatro Aquille Mir, en una vieja casa remozada, donde se representa en luz y sonido, una obra deliciosamente ingenua: “El sermón del Cura de Cucugnan”.

Villefranche de Conflet  

Casi sin darnos cuenta, hemos llegado a este lugar que rezuma aguas medicinales, encanto e historia. Caminos comarcales, con mesones de hornos antiguos, oliendo a suculentos asados. En sus entrañas, Villefranche atesora el rico mármol rosado, y en el año 1090, el conde Guillaime de Cerdagne, mandó levantar la ciudad fortificada. Nada mas atravesar el arco de la Puerta de los Catalanes, te encuentras una amplia plaza provinciana, salpicada de mesitas de los cafés y restaurantes, en vecindad con las torres de St, Jacques y St, Paul. Un lugar para hacer parada, y echar una ojeada al entorno. De ahí arranca un dédalo de calles estrechitas, con viejos pavimentos, tiendas artesanales, panaderías, bodegas, brujas… Que las van a encontrar de todos los tamaños y materiales. Hay que ir a ver las grutas de Les Canalettes, y montar en el trenecito amarillo.

Y dentro de esta ruta de aguas, también aparece … Vernet – les – Bains: Y su balneario, conocido desde el siglo XIII, que además de dejarte la piel como la seda, es mano de santo para los brónquios. Sus modernas instalaciones y el precioso Casino, contrasta con la gracia de las calles del viejo Roussillon. Le sigue… Molitg – les – Bains: Aquí el aire huele a manzanos.  Y también son buenas sus aguas, ideales para los tocados del corazón y las vías respiratorias.Y en un cruce de caminos, aparece… Prades: Que en el Medievo fue muy codiciada por su buena situación, a pesar de ser un lugar pequeño. La parte antigua es preciosa, con sus calles encastradas  en mármol rosa, viejos lavaderos, y la Iglesia de St. Pierre, apoyándose sobre una más vieja,  románica, de la que conserva el campanario. Y está… El Canigou: Hay que acercase hasta el gigante pétreo, porque desde arriba la vista es impresionante, y además, está la abadía de St. Martin. A pie, hay una buena tirada, hay valientes que la emprenden, pero les aconsejo subir en todoterreno. La Abadía, la fundó el Conde Wifred Cabreta, padre de aquel Wifredo el Belloso de nuestra historia escolar. En el año 995, el señor conde, que había sido de alivio, decidió arrepentirse ante su encuentro con la Huesa. Se refugio en la Abadía, y hasta se cavo su tumba, y en ella está enterrado. Hay un claustro bellísimo, del siglo XII, un iglesia románica, y las dependencias de los monjes, que se vieron obligados a dejarla en el XVIII, por los terremotos y otras cosillas. Fue rescatada a  primeros del siglo pasado por el Obispo de Perpignan, la restauraron y ahora la habita una comunidad católica. Y hasta puede uno alojarse en ella. De una Abadia a otra. La de… Miguel de Cuixa: Orgullosa de su Virgen románica, su campanario del mismo estilo, del siglo XI, y su Jardín de Iris. La Abadía, es del 878, pero la capilla prerrománica, es mucho más vieja. Albergó a los monjes de  St. Andre, que huían de las embestidas de las aguas del Tet. El claustro de mármol es impresionante, lo mismo que la cripta románica, o la Capilla de la Virgen del Pesebre. En la iglesia, que es ya la tercera, airosos arcos de herradura;  el ara del altar de mármol blanco, es una piedra romana procedente del Capitolio Narbonense, y consagrada en el año 974. Y por fin… Perpignan: La Catalana. Palneras, arcadas, sardanas… el año 927, se hablaba de Perpenianum,  y a finales el siglo X,  era la capital del Roussillon. Fue parte de la Marca Hispánica, y capital del reino de Mallorca con Jaime el Conquistador. En el 1324, levantaron la Catedral de St. Jean, con una sola nave y fachada de cantos rodados. Tres años mas tarde, la Lonja del Mar, con ventanas de celosías góticas. El Ayuntamiento del siglo XII, la Maison de la Main de Fer en el XVI. Y… Collioure: La Cauco  Iliberis, escala de las más antiguas civilizaciones. A finales del XIX fue cuna del Fauvismo, y  refugio de los pintores Gris, Matisse, Picasso, cuyas reproducciones aparecen en el Barrio de la Moure. Tiene un castillo templario, que fue residencia de verano de los reyes mallorquines, y un cementerio evocador, en el que reposa Antonio Machado. En la Hostería de los Templarios, casi un museo, podrán probar un capón la mar de pecaminoso.



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