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Naturaleza

   
   
   
 

El Valle de las Rosas


María Adela Díaz Párraga

Plovdiv, Kazankak, Karlovo, Nova-Zagiura, Petchera, Panagurska, Staninadka, Paszardjik, Tchispas, Sluyawka, Seulianska... Un desgranar de nombres exóticos, un caminar por tierras con aromas de flor, y sobre ellas el embrujo de los Balkanes y la Stedba Gora. Porque todos estos nombres tan sonoros, forman lo que en el mundo se conoce por el Valle de las Rosas.

El El El

La primavera lanza a todos los vientos, los miles de pétalos del valle, y al cortar los tallos, el aire se empapa de un perfume incomparable. Desde primeros de mayo, y hasta mediados de junio, la recolección de las rosas pone en el valle vestidos de fiesta, y es que no hay que olvidar que este fragante negocio mete sus buenos dineros en las arcas búlgaras. Y así ha sido desde hace cientos de años. De este entorno, sale el 70% de las rosas que inundan los mercados internacionales. A Europa, America..., llegan brazadas de flor, el agua de rosas, el  aceite perfumado que en gran parte es la base del complicado universo de la belleza. Y para que lo sepan, obtener un litro de ese aceite precioso, cuesta nada menos que una tonelada de pétalos de rosa, así que no es de extrañar que cueste casi tanto como el oro.

Casi cuatro siglos hace que las rosas búlgaras, sirven para algo mas que para alegrar la vista, y la favorita sigue siendo la rosa roja de Kazanlak. Amparada por las altas montañas del embate de los vientos, la región puede mimar el desarrollo de esta regia flor. Con los finales del siglo XVII, se abrieron las puertas de las primeras destilerías, empezaron a elaborar el aceite de rosas, y en el año 1860 los comerciantes búlgaros, llevaban hasta Constantinopla sus rosas y sus aceites.

Dicen, que por esos lugares andaban los hombres hace ya seis mil años, aunque una se imagina que por aquellos remotos tiempos no se dedicarían a cultivar las rosas precisamente. Lo que si quiero decirles, es que si van hasta allí, han de llegarse a Plocdiv, porque Plovdiv es... bueno, casi faltan palabras. Aposentada en el mismo corazón de la Tracia, la vieja ciudad ha visto pasar los mas diversos pueblos, que como es natural, la han ido marcando, y las colinas que forman la antigua Trimontium, han visto lo suyo. La ciudad, fue fundaba por los griegos cuando mandaba Filipo de Macedonia, y la llamaron Eumolpias; después fue Papeneropolis, y más tarde, con los romanos, Filipopolis. En esa misma época, y como capital de la Tracia, se llamó también Trimontium. De aquellos esplendidos días, debe ser el magnifico teatro romano, que apareció mientras se hacían excavaciones para realizar nuevas obras. Se levantó en el siglo II, cuando era emperador Trajano. El teatro, deslumbrante de blancura, al aire libre y casi intacto, sigue siendo el escenario donde se representan obras clásicas. De esa época, es también el antiguo Estadio y los restos del Acueducto.

Con los eslavos, la ciudad tomo el nombre de Polpodeva, y a lo largo de los siglos XI y XII, se llamo Plovdiv. Al llegar los otomanos, y a partir del siglo XIV fue Filibe, y ya en el siglo XIX, volvió a su nombre tracio de Plovdiv. Buena prenda era, si señores. Y por eso se la disputaban los bizantinos, los cruzados, los turcos, y por supuesto, los búlgaros. El viejo Plovdiv presenta un encanto singular, de manzana vieja, con sus callejas retorcidas, empinándose en las piedras, pulidas a fuerza de pisarlas. En todo el casco  antiguo, te salen al paso muestras del renacimiento búlgaro de los siglos XVIII y XIX. Casas y mas casas marcadas por el pasado, como la del comerciante búlgaro Kuyugioglu, que hoy aparece convertida en Museo Etnográfico, porque recorrer sus salas, es meterte de lleno en la evocación. La edificaron en el año 1847, en madera, adornada con motivos florales, y todo el esplendor del barroco brillando en ella. En las amplias habitaciones, se encuentra uno con los utensilios de faena, para fabricar el queso, para realizar encajes. Humildes habitaciones, muebles lujosos. Aquí y allí, los trajes de la labor, los deslumbrantes de los días de fiesta, los de los ricos...

En la parte nueva de la ciudad, está el Museo Arqueológico. El encandilamiento que produce al que llega, tal vez sea porque en el duerme el oro de Tracia. Aquel soberbio tesoro de Panagurichte, en el que se amontonan piezas extrañas, estatuillas, vasos con cabezas de animales, platos y fuentes bellamente cincelados. Oro puro, tallado cuatrocientos años antes de que naciera Cristo.

Hoy, Plovdiv es agrícola, ganadera, industrial. Con un mercado maravilloso, salpicado del lujuriante estallido de las frutas, de las verduras, de la miel. En él se huele a especias y a tallos recién cortados, porque el mercado de las flores está pegadito al otro, y en las horas del mediodía, el aire es una borrachera de mil aromas.

Y hay que acercarse al fonduk turco, convertido en un moderno restaurante, en el que afortunadamente, se ha respetado la decoración y la distribución de las salas del establecimiento primitivo. Mesitas bajas, divanes, pipas de agua... Suelo, color, vuelta al pasado en definitiva. Una experiencia para no olvidar. Como tampoco podrán olvidar el encuentro con Kazanlak, la capital del valle más perfumado del mundo, sus rosas, rojas y fragantes, son las preferidas entre todas. Allí es donde se celebra, al terminar la recolección, la deslumbrante Fiesta de la Rosa. Rito pagano de tiempos arcaicos, despliega sus danzas ancestrales, los cantos antiguos, y salen del arca los viejos atavíos, los instrumentos primitivos. Pétalos en el aire, lluvia de agua de rosas, y no crean que esto es palabrería, no señores, que desde un helicóptero se rocía a las gentes que llegan hasta Kazanlak, con el agua perfumada.

En Kazanlak está el Museo de la Rosa: en él se guarda celosamente todo sobre la historia de este importante comercio floral. Antiguos papeles y alambique para destilar, esencieros viejísimos y entrañables, lujosos perfumadores, botellas, frasquitos, montañas de documentación sobre envíos antiguos a remotos lugares. Y una atmósfera cargada del embriagador perfume de las rosas. Fuera, macizos, arcos, rosaledas...

Para sacudirse un poco esta sensación de voluptuosidad, no hay nada mejor que un paseo hasta la Tumba Tracia. El paisaje desde allí es bellísimo, eso si, hay que subir un sinfín de escaleras, remontando la colina, hasta llegar al monumento. El lugar, que es impresionante, salió a la luz del día en el año 1946, y pertenece a un enterramiento del siglo II antes de nuestra era. Y allí sigue, con sus frescos maravillosos, su eco de siglos pasados, todo un mundo cotidiano y heroico, recogido dentro de sus paredes. Objetos de uso cotidiano, chucherías queridas, las cosas que podían necesitar en su andadura por la otra vida. En realidad, todas las colinas que rodean este lugar están llenas de otras tantas tumbas, ya que aquí debió existir un inmenso enterramiento tracio, que guarda celoso el secreto de aquel glorioso pueblo.

Pero llegar hasta aquí y no visitar Veliko-Tirnovo, es algo que no se puede imaginar. Tirnovo es una ciudad medieval, interesantísima, capital del segundo reino búlgaro desde el año 1186 hasta 1393. Su esplendor arrancó de los días en que dos ricos boyardos, los hermanos Asen y Peter, se sublevaron contra el imperio de Bizancio, y crearon el segundo reino búlgaro. Su poderío se asentó sobre las tres colinas, y sobre ellas construyeron su ciudad, las murallas, las torres inexpugnables, que hicieron de aquel lugar algo intocable. Tsaverets, Trapezitsa y Sveta Gora, son los nombres de esas colinas, madres de este emporio, donde en tiempos muy lejanos, se levantaron soberbias mansiones y ricos palacios. En su cinturón de piedra, se apoyaban el palacio del rey y el del patriarca, dos hermosas mansiones que todavía est*n en pie. Subir por la empinada cuesta, que lleva hasta los restos de las fortalezas, es algo magnifico... y agotador, pero vale la pena, porque desde las alturas se contempla toda la ciudad. La Veliko de hoy, tiene un sueño de casas colgantes muy viejas, sobre el río Yantra; un sueño que la hace verse todavía, como cuando la llamaban "Esposa de Constantinopla" y "Ciudad del Rey".

Seguro que se sentirán prendidos en el hechizo de su parte antigua, con calles que se unen entre si por medio de escaleras, con talleres artesanales, con el aire lleno del runrún de los viejos telares. Se sentirán a gusto paseando por las viejas calles, sorteando las mesitas de las reposterías que se salen a la acera, a las gentes que pasean calmosas sin preocuparse mucho del paso del  tiempo. Y notar* el contraste con la parte moderna de la ciudad, con parques, jardines, amplias avenidas, edificios imponentes... Y es que señores, Veliko-Tirnovo, ha sabido conjugar el pasado y el presente, en su presencia acogedora. Cuando se marchen de esta perfumada tierra, no dejen de llevarse algo que les haga recordar, aceite o esencia de rosas, o cualquier otra cosita que guarde el perfume de las fabulosas flores.




El Valle de las Rosas




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