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Con nombre propio

   
   
   
 

Un infiel en tierras de Alá


José Bañuls

Creo poder afirmar que nunca he viajado a ninguna parte atraído por la idea de descubrir lugares exóticos. Siempre busco más, comprender que descubrir, seguramente porque el mundo está sobradamente descubierto, nada más hay que ojear Google Maps para comprobarlo.

Un Un Un

Cierto es que en cada viaje siempre caes en la tentación de realizar coloridas "tarjetas postales" de las cuales no creo que falte ninguna por hacer, pero no son más que herramientas con las que ilustrar un trabajo, tal y como habitualmente se espera que resulte.

Me gusta pensar que en mis viajes, más allá del fin turístico y promocional del mismo, siempre he procurado encontrar a esas gentes, paisajes, lugares y pequeños detalles que son capaces por si solos de crear un mundo a su alrededor.

Sensación especial he sentido siempre que mis desplazamientos han sido por el Magreb, notoriamente ampliados cuando Marruecos ha resultado ser el lugar visitado, donde cada esquina y cada rincón de sus pueblos o ciudades, cada rostro, ya sea éste joven o arrugado, me interrogaba desde la profundidad de su mirada, por mi pasado, tan lejano y tan cercano, tanto en lo físico como en lo cultural, pues no fue en balde que el Islam estuviese aposentado en esta tierra hoy llamada España durante algo más de ochocientos años.

Los ejemplos son infinitos. En un viaje con otros compañeros de diversos medios de comunicación, visitábamos la ciudad santa de Chefchaouen y en ella encontramos un lavadero donde las mujeres peleaban denodadamente con sus ropas a lavar. No pude menos que recordar de inmediato aquel lavadero que visitaba en mi niñez, cuando nos desplazábamos hasta la mallorquina localidad de Banyalbufar, y en el que mi abuela Rosa dejaba de una limpieza inmaculada la ropa de la familia.

El progreso hizo que aquel lavadero mallorquín hoy se encuentra convertido en un Centro Cultural Polivalente y el duro trabajo de lavar la ropa lo realice en el hogar y de forma incansable una máquina, que de algún modo ayudó a dejar en el olvido aquel duro trabajo.

Pero lo que más me atrae de esas instantáneas captadas a la velocidad a la que el viaje de prensa te obliga, son los rostros de las personas con las que te cruzas en cualquier lugar. Unas veces amables y otras irritados por violar su intimidad y artos de ser forzados modelos para recuerdo de un viaje.

De modo que desde estas páginas solo quiero mostrar mi agradecimiento a todos aquellos amigos marroquíes que tan bien acogieron y ayudaron a este infiel a realizar su trabajo.


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