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Fin de Semana

   
   
   
 

Un Paseo por el País Vasco Francés


María Adela Díaz Párraga

Hablar de eso lugares, es pensar en Biarritz o en Saint- Jean de Luz, unas playas la mar de elitistas. Pero los primeros bañistas no fueron los elegantes de finales del siglo XIX, no señores, sino las ballenas.

Un Un Un

En la Edad Media, Biarritz que entonces se llamaba Beariz, era un pueblecito de pescadores que se dedicaban a esta peligrosa pesca, y es que las ballenas ya eran muy buscadas por entonces. De ellas se aprovechaba todo, los huesos, la piel, el aceite, y se comían sus mejores partes, como la lengua, que por lo visto era un bocado exquisito. Todavía se puede ver en el puerto viejo, donde estaba la villa primitiva, que entonces estaba formada por el barrio de la Iglesia de Saint Martin y el mentado Port Vieux. Allí vivieron pescadores y ballenas en buen compadraje, hasta que a mediados del siglo XVII los cetáceos, una no sabe porque, se alejaron de esas costas, y los pescadores tuvieron que seguirlas hasta Terranova.

El descubridor de Biarritz como lugar relajante y de aguas terapéuticas, fue el escritor Víctor Hugo, allá por el año 1843. Pero quien la convirtió en lo que ahora es, fue Eugenia de Montijo, la española que se convirtió en emperatriz de los franceses. Enamorada de la tranquila playita donde pasaba los veranos en su niñez, logro convencer a su esposo Napoleón III, para que levantara allí su palacio de verano. Palacio que ahora alberga el famoso Hôtel du Palais, pero esa es una historia que en este mismo número, se la cuento aparte.

A su lado, la casi mítica playa de Biarritz se extiende arenosa, tranquila, con un mar muy azul. La villa es uno de los mas importantes centros del termalismo, de cuyos beneficios podrán ustedes disfrutar en varios lugares, y es que sus aguas ricas en algas y yodo, son mano de santo para muchas malencias. Es una ciudad bella y elegante, con calles que gatean hacia el centro, empinándose desde la rocosa ribera marina. Calles con un encanto provinciano, jalonadas de magníficos edificios del siglo XIX, casi todos restaurados. El Palacio de los Festivales, al lado de la vieja estación; el Casino Bellevue, que fue edificado a finales del siglo XIX. El Casino Municipal o Barriere, del año 1901, fue renovado en el 1929, y es todo un triunfo del Art Decó; ahora restaurado y modernizado, con sus salones y su teatro, en los que se celebran varios eventos, sigue atrayendo con su magia a los viajeros.

La ciudad tiene iglesias muy interesantes, la mas vieja de todas es la de Saint Martin, del siglo XII, una belleza gótica, con naves de arcadas, y un magnífico órgano. Está dedicada al patrón de la ciudad, y en ella se celebran magníficos conciertos. Bellísima es la iglesia de Alexander Nevsky, que se levantó en el año 1890, a instancia del Zar de Rusia, para uso de la colonia de aristócratas rusos que pasaban allí largas temporadas. Es de estilo bizantino, con unos preciosos iconos, y una original cúpula azul. Tiene una gran importancia la Chapelle Imperiale, de 1864, dedicada a la Virgen de Guadalupe. Era la iglesia privada de Napoleón y Eugenia, y es una mezcla de estilo romano-bizantino e hispano-morisco, que emparejan bastante bien, lo más destacado son sus preciosos azulejos y su decoración. Y la Iglesia de Sainte Eugenie, de los últimos años del XIX, en estilo neogótico, con unos vitrales muy hermosos, y una antigua cripta.

Les decía que hay muy buenos edificios, y también hermosas villas. Al lado de la Iglesia rusa, se levanta la Ville Cyrano o Ville Labat, que de las dos formas se la conoce, y que construyeron en el año 1901. Labat, fue un madrileño que en aquel año, compró los terrenos que había frente al Hotel du Palais, y levantó allí su casa. Pero por esas extrañas cosas que llevan aparejadas los negocios, el hombre se había comprometido a levantar unos hoteles, y antes de que se cumpliera el plazo, hizo trasladar su casa, piedra a piedra, hasta el sitio que ahora ocupa. La llamó Ville Cyrano en honor al mítico personaje. También está Ville Natacha, del año 1905, que es una muestra muy relevante del Art Nouveau. Aquella fue la morada de un rico comerciante, pero en 1973 la compró la ciudad, dedicándola a otros menesteres.

El paraíso de los golosos, es sin ninguna duda el Museo del Chocolate, en el que se cuenta toda la historia de la dulce chuchería. Y para los amantes de las aguas y sus habitantes, el Museo del Mar, con sus veinticuatro acuarios que acogen seres marinos de todo el mundo. Y hay que visitar el Marche Les Halles, un mercado muy típico, que fue construido en 1885. En él pueden ustedes encontrar productos regionales, y también saborear los platos de la tierra. Pasear tranquilamente hasta Port Vieux, que hoy es una playa muy tranquila y familiar, donde los balleneros llevaban sus capturas. Llegarse hasta la Roca de la Virgen, que mandó horadar Napoleón III como refugio, pero que siempre usaron los balleneros para avistar la llegada de los grandes cetáceos. Ver el Faro de la Punta de Saint Martin, que hicieron en el año 1839. Si se animan a subir sus 247 escalones, podrán disfrutar de un impresionante panorama de toda la costa y hasta los Pirineos. Y finalmente, sentarse en una de las terracitas de los bares y cafés de la Place Clemenceau. O llegarse hasta el Café de París, cerca del Casino, donde comerán como dioses marinos, rematando con el Riz de l´Imperatrice, que no es otro que muestro arroz con leche con algunos arreglos.

Arcangues
Muy cerca de Biarritz, formando parte del País Vasco-Francés, está Arcangues, un famoso pueblo veraniego, un sitio pequeñito, pero lleno de encanto. Tanto, que consiguió enamorar al famoso cantante Luis Mariano, hasta el punto de elegirlo para dormir su sueño eterno. En un cementerio que parece sacado de una conseja antigua, está la tumba del cantante, siempre cubierta de flores con dedicatorias románticas a pesar de los años transcurridos desde su muerte, y con su fotografía. En la villa escucharán hablar en francés, en español y en euskera, por cierto, que su nombre en esta lengua es Arrangoitze. Pero volviendo a sus comienzos, están ligados a la familia Arcangues, una de las más antiguas del país vasco, que se estableció en este lugar en el año 1150. Ellos levantaron su castillo, en los oscuros días de la Edad Media, y aunque fue destruido en el 1636, lo reedificaron casi tres siglos después, en el año 1900. Y ahí sigue, en manos de la misma familia. Guarda muchas obras de arte y unos maravillosos tapices gobelinos; en él se pueden celebrar bodas, comuniones, y muchos actos culturales.

Y es que la familia, de siempre ha tenido grandes inquietudes artísticas. Aunque hay que reconocer, que el mayor impulso a la villa, tal vez se lo diera el Marques Pierre d´Arcangues, un mecenas de las artes, un hombre que muy bien hubiera podido pertenecer al Renacimiento, Por el castillo han pasado desde personajes reales como Alfonso XIII o los Duques de Windsor, hasta artistas como Stravinski, Ravel o Rubinstein, pasando por celebres estrellas de la pantalla, entre otros Alain Delon o Sean Connnery . Pero además Arcangues es una villa preciosa, con la torre de la iglesia del siglo XIII dominándolo todo. También hay que ver el Château du Bosquet, que reformaron en el año 1905, y unas casas muy especiales, como la que perteneció a Luis Mariano, la de Marinako Borda o la de Othe Xuri. Y hay pequeñas tiendecitas artesanales, y deliciosos cafetitos que sacan sus mesas a la plaza recoleta.

Una cosa que no se pueden perder, es el Teatro de la Naturaleza, un lugar donde se atesoran montones de objetos que han ido apareciendo en distintos lugares, y que tienen siglos de antigüedad. Pequeñas fuentes, piedras, estatuas y los objetos mas dispares. Es un lugar precios, en el que también se pueden celebrar distintos eventos. Dos cosas que van ligadas al país vasco, bien sea español, bien sea francés, es el juego de pelota vasca, en cuyos frontones también pueden ustedes participar, sobre todo si se acercan en verano cuando se juegan los campeonatos. Y si van a finales de octubre, se celebra el Mutxikoak, con un fantástico despliegue de danzas vascas.

Saint Jean de Luz
A caballo entre el mar y la montaña, aparece este pueblo de pescadores vascos, aposentado sobre el estuario y las marismas del río Nivelle. Que precisamente eso quiere decir su nombre euskera, que es Donibane Lohizun, es decir, tierras pantanosas. Alla por el siglo XI, sus habitantes estaban considerados como los mejores arponeros de Europa, y se dedicaban exclusivamente a la pesca de la ballena, pero ya en el XVII, empezaron a disminuir las capturas y eso, unido a la competencia con otros países, los hizo dejar paulatinamente el oficio arponero, dedicándose al mucho más lucrativo de corsarios al servicio del rey de Francia. Cuando corría el siglo XIX, las frecuentes estancias en la villa de la aristocracia, también y la llegada del ferrocarril, le dieron un buen impulso. Hoy es una villa cosmopolita y una estación balnearia con todo el sabor de los siglos.

Y hablando de reyes, sepan que fue el llamado Rey Sol, Luis XIV, quien puso la villa en la cresta de la ola. La escogió para firmar aquel famoso Tratado de los Pirineos, que daba fin a una larga guerra con España, y su antigua iglesia, para celebrar sus bodas con la princesa Maria Teresa de Castilla. El testimonio del tratado, está plasmado en el Museo de Gavin, donde se recrean varios episodios de la historia del país. Este Museo está al lado de la Casa de Luis XIV, en la plaza del mismo nombre, un palacete con cerca de cuatro siglos, que conserva el mobiliario y la decoración de la época. Otro vecino muy importante, es el Ayuntamiento, del siglo XVII. La plaza, amplia y cuajada de árboles, está rodeada de tiendecitas donde pueden compra de todo, de cafés deliciosos que abren sus terrazas a la calle, de pintores que muestran en su obra las distintas caras de la villa, o la van realizando a la vista del caminante, que la compra todavía fresca, nada mas firmarla. Al lado, el viejo puerto con la larga escollera, también tomado por los pintores, puestecitos de golosinas y artesanía.

Al lado opuesto de la plaza, arranca la rue Gambetta, una calle peatonal, donde se aposenta el otro testigo de aquellos reales acontecimientos, La iglesia de Saint Jean Baptiste, a la que llaman Iglesia del Rey Sol, porque como ya les he dicho, se casó en ella. La iglesia primitiva se levantó en el siglo XII, pero fue derruida e incendiada varias veces, casi tantas como guerras hubieron. La actual se remonta al XVII, y cuando se casó el rey, el 9 de junio del año 1660, estaba en todo su esplendor. Tiene un bello retablo de madera, y tres plantas de galerías. De la techumbre cuelga un barco, un voto, lo que no es extraño, que es tierra de marinos y pescadores. Y el mar, siempre ha sido traicionero. Casi pegadito, otro testigo de aquellos días. La Maison Adam, fundada el mismo año de las bodas reales. En aquella feliz ocasión, los comerciantes obsequiaron a los recién casados con lo mejorcito de sus géneros, y Adan el confitero, que hacia unas pastas de almendra exquisitas, les envió una bandeja con su ayudante, una muchacha a la que llamaban Gachucha. Tanto le gustaron las pastas al rey y a su madre, que le regalaron a la muchacha una valiosa joya. Este regalo se ha guardado celosamente durante varias generaciones, lo mismo que el secreto de la deliciosa receta. La Gachucha se casó con un nieto de Adam, y sus descendientes siguen con la exquisita industria, en la que el escaparate, lleno de pecaminosas dulcerías, es el mejor reclamo.

Hay que ir al puerto de los pescadores, en el que se levanta la Maison de la Infanta, presumiendo con sus dos torres cuadradas. Ver el Jardín Botánico, recorrer el Paseo Marítimo, jalonado de mansiones pintadas de rojo y blanco. Dar un largo paseo por la playa, hasta la Punta de Santa Bárbara, donde tendrán una vista prodigiosa de la bahía y la costa vasca. Hay algunas cosas que deben probar, además de las mentadas chucherías de la Maison Adam, como la sopa de pescado típica de la villa, la merluza koskera y el pastel vasco

Cibourne
Es casi un barrio de Saint Jean de Luz, pero un barrio con puerto y vida propios. Un balneario a los pies de los Pirineos, famoso por sus playas de arena, y porque en marzo de 1875, nació allí el gran compositor Maurice Ravel. También guarda en su cementerio de Socoa Marina, la tumba del escritor Pierre Benoit, que falleció en esta ciudad en 1962.

Allá por al año 1537, el rey Francisco I de Francia, le dio privilegios para practicar el comercio marítimo. Luego, en el 1550, cuando todavía se llamaba Subiburo, que quería decir el puente, pidió permiso al Papa poder construir una iglesia en aquel lugar, ya que hasta 1555 fue parte de Ciboure Urruge. En 1700 tomó su actual nombre de Cibourne. La verdad es que es un sitio muy agradable, con su placita muy de pueblo, con bancos y árboles, refugio de niños y ancianos. Casas preciosas, en estilo vasco-francés, un largo paseo junto al mar, y frente al puerto una larga fila de restaurantes familiares, con la buena cocina del lugar, en la que reinan los habitantes marinos. Al final, y vigilando desde los lejanos días del siglo XII, la Torre Bordegain. Pertenecía a una iglesia fortificada, aposentada en la colina que lleva su nombre, y desde la que se avistaba la llegada de las ballenas. Fue la primera capilla de la villa, pero su campanario se hizo después, ya en el siglo XVI. Cerca, esta la antigua torre de telégrafos Chappe. Hay que ver la iglesia de San Vicente, que hicieron en el año 1555, de planta octogonal, y que tiene una puerta reservada para los que llaman Cascarots. El Claustro y Convento de Rescollets, en una isla en medio del río Nivelle, y que levantaron en1610, para poner fin a disputas fronterizas.

El Edificio Ditcho Baita, el Ayuntamiento, que hicieron en 1720, con escalinatas de madera tallada, balcones y barandillas de hierro forjado, y un interesante patio interior que acoge un busto de Ravel. De camino se encontraran con la Fuente, con su graciosa forma de obelisco, y las armas de la ciudad. Fue un regalo que allá por el 1676, hizo a Cibourne M. Robert More-Francoz. Bueno, y está la Villa Leihora, que levantaron en el 1926, en estilo art deco. Y la Cruz Blanca, que la llaman así porque esta pintada de ese color. En realidad, pertenecía a un antiguo hospital que se levantaba en el Camino de Santiago. El Faro, y el Fort Socoa, una enorme torre circular de los tiempos de Luis XIV. Y hay algunas cosas que están relacionadas con las tan mentadas bodas del Rey Sol, bueno mas con la figura del Cardenal Mazarino. Como los Antiguos Pozos, que regaló el Cardenal con motivo de las bodas. O la Casa que llaman de Ravel, aunque la mandó construir un armado de Cibourne llamado Esteban Etchelo. Bueno, pues en esta casa se hospedó Mazarino cuando acudió a los festejos reales. Cuando regresen, no se olviden de comprar alguna de las cerámicas por las que es famosa esta ciudad.

Ascain
La verdad es, que este viaje por el País Vasco-Francés, no estaría completo si no visitaran ustedes un típico caserío vasco, y eso es Ascain, Aazkaine en lengua eusquera; un lugar precioso, a los pies del legendario monte Larrum, y regado como casi todo el país, por el río Nivelle. Que por aquí vivían gentes en los primeros siglos de nuestra era, se sabe por la presencia del puente romano, que se remonta al siglo V, pero se tiene constancia, noticias escritas en el año 1140. La mayoría de sus casas, se arrebujan alrededor de la vieja iglesia, que como todas las de esta zona, tiene en su interior una galería de madera. Tampoco puede faltar el frontón, de una sola pared, que ya saben que en Ascain, aparte de ser cuna de famosos pelotaris, se celebran los famosos Juegos de Force Basque, pelota vasca, tirón de cuerda, levantamiento… En fin lo propio de estos lugares. Pues en estos idílicos parajes, vivió un tiempo el escritor francés Pierre Loti, que se inspiro en la tierra para escribir su obra de ambiente vasco, "Ramuntxo".


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