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Con nombre propio

   
   
   
 

¿Dónde está mi maleta?


José Bañuls


¿Dónde

La primera vez que "casi" pierdo la maleta fue en Estambul, cuando yo tenía la suerte de ser joven. Viajaba invitado por la Oficina de Turismo de Turquía junto a otros compañeros. Todos ellos recogieron su equipaje y mira por dónde me quedé yo solo, en una inmensa sala, con la cinta transportadora dando vueltas completamente vacía. En vista de lo cual me dirigí a un policía que me observaba curioso. Le indiqué el hecho de que mi maleta no aparecía y me dijo, poco más o menos, que me buscara la vida. Entonces, amablemente o quizá no tanto, le indique que viajaba con una invitación oficial de turismo y que este incidente iba a quedar muy mal.

Mano de Santo, o versículo del Corán, el caso es que se lió una de gritos, órdenes y carreras; aparecieron mozos y maleteros de todos los rincones, hasta que renqueante, el de más edad de todos, apareció con mi maleta sobre el hombro. Me quedé convencido de que si llego a ir de turista de a pie, hubiese estrenado vestuario.

Otro caso curioso que presencié sucedió en Gran Canaria. Mientras nos atendían en recepción dejamos las maletas en el suelo, o sea éramos un grupo que entraba. Al lado había maletas de un grupo de ingleses que hacían el "check out", o sea que salían.

No hace falta que me extienda mucho. Un inglés despistado, especialmente alegre por las últimas cervezas consumidas, tomó una maleta de mi grupo en vez de la suya, o sede modo que los calzoncillos de mi amigo acabaron en Liverpool. Lo peor era que no se trataba sólo de los calzoncillos, por lo cual, durante días, mi amigo hubo de pedirlo prestado todo, excepto a su esposa, pues ahí el inglés si se llevó la suya.

Ese pequeño drama no ocurrió por culpa de un avión, pero en las terminales de los aeropuertos he visto dramas realmente grandes. La del conferenciante que se quedaba sin ordenador y sin conferencia, la del ejecutivo que llevaba tres trajes para tres entrevistas distintas y, lo peor de todo, la de la dama que debía ir a una fiesta de compromiso y se quedaba sin ir a ella o ir vestida de lagarterana. Claro, que también he conocido situaciones justamente al revés, como la de aquel compañero al que le extraviaron la maleta en Berlín, lo mismo que a una pasajera con la que coincidió en el mostrador de reclamaciones. Ambos sin maleta, sin ropa para cambiarse y en una ciudad extraña, pues bien, una cosa lleva a la otra y mi amigo aún está agradeciendo a la línea aérea aquel oportuno extravío.

Por lo que nos explican ahora, las estadísticas son preocupantes: con la capacidad de los aviones actuales, en cada dos de ellos se pierde al menos una maleta, que no siempre aparece a tiempo, o aparece en lugares peregrinos. Cierta vez, en Frankfurt, hube de buscar las mías en una inmensa sala totalmente desierta, y otra vez, en el mismísimo Alicante mis bultos no llegaron y me dijeron que habían ido a Nueva York y tardarían dos días. Cuando finalmente -agradable sorpresa- me llevaron las maletas a mi domicilio, me enteré que durante esos dos días habían estado, no se sabe por qué, separadas a diez metros de la cinta transportadora.

¿Qué nos dicen ahora? Dos cosas: que todo objeto o documento valioso lo llevemos a mano, consejo que de verdad vale la pena seguir. Y que nos pagarán más por la pérdida. Siempre es algo, pero el dinero apenas te soluciona nada, y menos si lo cobras pasado un tiempo. También prometen darte una bolsa con artículos higiénicos, pero eso es justamente lo único que encuentras en los hoteles o puedes comprar en la tienda de al lado. Quienes tiene este problema "casi" solucionado son los sufridos pasajeros de Ryanair, que con su único equipaje de mano, si no quieren pagar más por la maleta que por su asiento, no tienen que preocuparse de su inexistente equipaje.

¡Ah, y de la foto de arriba, no se preocupen... estamos en carnaval!

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