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Naturaleza

   
   
   
 

Isla de Lobos, Fuerteventura


Redacción

Es sabido que el archipiélago canario está formado por siete islas, cuatro mayores y tres, menores, lo cual es cierto, aunque en forma simplificada. Porque Canarias cuenta también con algunas islas más, de tamaño aún más reducido e incluso minúsculo, como es el caso de la Isla de Lobos.

Isla Isla Isla

Lobos se alza frente al pueblo de Corralejo, situado en el noroeste de Fuerteventura y perteneciente al municipio de La Oliva. Del puerto de Corralejo parten los barcos que enlazan Fuerteventura con Lanzarote, atravesando el estrecho de La Bocaina.

La perspectiva de la isla de Lobos desde Corralejo es impresionante, especialmente si tienes la fortuna de contemplarla de la terraza de una de las magníficas suites del Hotel Bahía Real. La vista no nos engaña, porque Lobos es exactamente lo que parece: un volcán emergido de entre las aguas del Atlántico e inactivo desde hace miles o millones de años. La isla recibió este nombre por la abundancia de lobos marinos que la visitaban en el pasado y que fueron eliminados por los pescadores isleños porque su gigantesca voracidad esquilmaba los recursos marinos, como personalmente tuve ocasión de comprobar en otra Isla de Lobos, esta situada en el lejano archipiélago de Las Galápagos. Se dice que cada pieza es capaz de engullir entre treinta y cuarenta kilos de pescado diario. Así se entiende la resistencia numantina de los pescadores majoreros a los proyectos de reintroducción de dicha especie.

Zarpamos rumbo a Lobos
Entre Corralejo y Lobos hay varios servicios regulares de pasajeros, y como quiera que en el islote no hay población permanente, los usuarios son, pues, turistas, bañistas, submarinistas, amantes de la naturaleza y curiosos en general, con billete de ida y vuelta. Navegamos en un airoso catamarán con las velas desplegadas para aprovechar el viento que nos lleva hacia nuestro destino y circunnavegamos la isla. 

El punto más cercano es precisamente la caldera del volcán, que tiene 127 metros sobre el nivel del mar y una de cuyas caras ha cedido bajo las aguas y por tanto, aparece actualmente abierta. Seguimos hacia el norte y avistamos una zona de dunas arenosas, no demasiado extensa, a la que sucede un acantilado rocoso. Sobre su extremo septentrional está el faro de Temiño, que fue construido en 1863. Durante mucho tiempo las luces estuvieron a cargo de Antonio Hernández Páez, al que todo el mundo llamaba Antoñito el Farero, quien vivía con su familia. Tenía un carro, tirado por un burro achacoso, en el que trasladaba por la trocha, combustible, alimentos y suministros que le llegaban desde la isla grande para asegurar su sustento y el de su prole. Y cuando surgía alguna emergencia grave en aquellos tiempos en que la telefonía móvil no figuraba ni en la imaginación de Julio Verne, Antoñito se subía a la Atalaya, una de las elevaciones de Lobos, y encendía un fuego, para que en Corralejo se apercibieran de que algo estaba pasando.

De caminata por la isla
En la proximidad de la costa de Lobos hacemos trasbordo del catamarán hasta una zodiac, para cubrir la distancia que nos separa del puertito, un pequeño abrigo natural situado al sur de la isla, donde hay algunas barracas de pescadores y el modesto restaurante en que los hijos de Antoñito atienden a los visitantes. Desde allí iniciamos nuestro recorrido por el este de la isla, cuya superficie no excede de los seis kilómetros cuadrados y poco más de tres y medio de anchura máxima.

Nos acompaña en esta ocasión, un informador turístico de la Oficina de Turismo de Corralejo, y nos explica que en la pequeña bahía se han encontrado en más de una ocasión a alguna de las innumerables pateras que cruzan el océano desde el continente africano en dirección a Fuerteventura y que no siempre tienen un final feliz. Advertimos la presencia de numerosas gaviotas, aunque cuesta divisar especies en peligro de extinción como alimoches, halcones alcaravaneros, águilas pescadoras y, sobre todo, pardelas cenicientas, especie endémica protegida, típica de esta zona. El suelo, seco y batido por el salitre, es poco hospitalario para la flora, aunque hay alguna morera y especies resistentes. 

Al punto aparecen las Lagunitas, una zona que se inunda con la acción de la marea. La trocha se acondicionó con cargo a los fondos europeos, bajo el patrocinio del Cabildo majorero. Al llegar al norte nos encontramos con el faro, cuyo edificio ha sido restaurado y que ahora funciona automáticamente. Y regresamos en dirección sur, pasando junto a la base de la caldera, hasta alcanzar el muelle en el que atracan los barcos del servicio regular. Junto al dique descubrimos asombrados un busto de bronce. Lo erigió el ayuntamiento de La Oliva a Doña Josefina Plá, escritora y profesora, que nació en Lobos en 1909 y murió en el lejano Paraguay en 1999. Es la hora del atardecer y el viento se ha serenado sobre el istmo que separa la isla menor de la mayor. Al oeste vemos el panorama inverso al que contemplábamos desde el Bahía Real, con Corralejo en lontananza y, tras el pueblo, el morro Francisco y la Montaña Blanca y hacia el norte, Playa Blanca, ya en Lanzarote. 

La visita a la Isla de Lobos, ha supuesto una dosis de serenidad para el espíritu al imbuirnos ese hálito de soledad y de belleza que tienen los islotes inhabitados.




El Puertito, Isla de Lobos




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