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El Gran Tour

   
   
   
 

Taxco, la ciudad de la plata


María Adela Díaz Párraga

Mírenla, ahí la tienen, en medio de barrancos montañosos, el de Casillas, el Trinidad, el Canta Ranas. Rodeada de los cerros de San Mateo, de Huixteco, el Atache, el Gigante, las montañas de la Tentación... Es Taxco de Alarcón, antigua y bella ciudad de México.

Taxco, Taxco, Taxco,

Callejuelas empinadas y angostas que se abren en la sorpresa de una plaza, casas bajas con tejados rojos, y que al tener que edificarse a distintos niveles, le dan un aire muy personal. Cerca de ella está Taxco el Viejo, el poblado primitivo, que los nahuas llamaban "Tlachco te capan",  -lugar para jugar a la pelota- en su lengua. Ya saben ustedes la pasión que sentían los indígenas por este juego, que era casi un rito religioso. En cuanto a lo de Alarcón, se cuenta que nació allí el famoso Juan Ruiz de Alarcón, cosa que no se puede demostrar porque se han perdido los papeles, pero se tienen noticias seguras de que la familia vivió allí.

Volviendo a Taxco el Viejo, sepan que los "mexicas" -más conocidos como aztecas- de Moctezuma la conquistaron a los nahuas, que les tenían que entregar un tributo de mantas, productos agrícolas, oro y plata, que bien rico era el suelo en este material. Hasta que Hernán Cortes se olió tanta riqueza, y reclamó el tributo para la Corona española. Sin embargo la expedición encargada de manejar las minas, no se quedó allí, sino que levantó la ciudad actual, a la que dieron el nombre de Pueblo Real de Taxco, deformación de la palabra abreviada Tlachco. El viejo todavía perdura a unos kilómetros del actual, desviándose por un caminito de terrecería, se llega al lugar donde habitaron los indígenas prehispánicos. Allí estuvo también la tiendecita de William Spratling, del que luego les contaré algo.

Donde hoy se encuentra la plaza de La Borda, en el Taxco actual, estuvo la primera mina de los españoles, a la que llamaban "El Socavón del Rey". También había una iglesia pequeñita, antepasada de la impresionante Santa Prisca. Los verdaderos personajes en Taxco, fueron los hermanos La Borda, apellido españolizado del francés La Borde. Aparecieron por allí en el año 1708, y José descubrió la veta de San Ignacio, que llegó a producir cuarenta millones de pesos de plata, lo que era un fortunón. Como el hombre era buen cristiano atribuyó a Dios su suerte, y pensó que debía repartir con el sus ganancias, así que levantó la monumental iglesia de Santa Prisca, en la que se gastó el oro y el moro. Una joya del arte barroco, en cantería color de rosa, con un retablo cuajado de laminas de oro, y un montón de imágenes y adornos. En ella están plasmadas todas las características del barroco, e influencias churriguerescas, con unas torres deliciosas, que parecen de madera labrada. He tenido la suerte de volver por Taxco, pero en mi primera visita mi guía fue un crío de unos ocho años y ojos enormes, que se sabía de carrerilla la historia de La Borda.

El minero levantó su palacio que aún se conoce con su nombre, al lado de la iglesia. Dos pisos en la pared delantera y cuatro detrás, ya que se encuentra sobre la colina. En una de sus alas vivió él y su familia, y la otra la cedió para vivienda de sacerdotes. En el año 1881 la restauraron dedicándola a Ayuntamiento, y también se aposentó en ella la Cooperativa de Artesanos de la Plata. La Borda gastó tanto dinero, que dos años antes de morir tuvo que pedir permiso al obispo para empeñar algunas de las joyas de Santa Prisca, muriendo antes de que pudiera recuperarlas. Estas joyas las adquirió Notre-Dame de Paris.

En esta misma plaza, hay una casa del siglo XVIII que perteneció a la familia Verdugo de Aragón, en la que destacan los altos balcones. Durante dos siglos fue propiedad privada, pero  luego se convirtió en Oficina de Correos, y después la adquirió el ya mentado William Spratling. La plaza está llena de vendedores pequeñitos, no es que sean enanos, no, es que son niños, que se empeñan en colocarte tímida pero obstinadamente, objetos de paja, hamacas, mascaras, collares de semillas... A los lados, callecitas empinadas y estrechas, rodeadas de tapias por las que escapa la flor morada.

Como las leyes protegen la arquitectura colonial, todavía se puede pasear por Taxco, y sentir el ambiente de tiempos pasados. Detrás de portones viejísimos, aparecen modernos restaurantes, boutiques y tiendas. Callejear es una delicia. Arrancando de la plaza, delante de Santa Prisca, dos calles mas allá, dos cuadras que dicen los mexicanos, está la calle de Guadalupe, y la Casa de Figueroa, aureolada por una leyenda terrorífica. La construyó el Conde de Cadenas, en el año 1767, y como además de ser amigo de La Borda era Magistrado del Rey de España, se dice que los obreros que la levantaron eran presos de cadena perpetua, y nativos del lugar que no podían pagar sus tributos en grano o dinero, por eso se la llamó la Casa de las Lagrimas. Por si fuera poco, uno de sus descendientes, que también debía ser de alivio, mató a su hija en esa casa para que no se casara con un pretendiente que no le entraba por el ojo. Con unas cosas y otras, adquirió una fama, que no había cristiano que la habitara. Con los años fue cuartel, reformatorio, casa para acuñar moneda, habitación de sacerdotes, y finalmente la compró el primer Figueroa que le dio su nombre.

Y ahí esta la iglesia de San Bernardino de Siena, que tuvo convento. Fue fundado por los franciscanos en el año 1525, lo destruyó un incendio en 1805, y se reconstruyó mas tarde. Por fin con la expropiación se transformó en escuela, aunque la iglesia sigue como tal. En la calle de San Nicolás, cerca de la Plazuela de San Juan, está el mercado con todo el colorido de los mercados mexicanos. En él podrán encontrar entre otras cosas, plantas medicinales, frutas, vegetales, y las preciosas obras de los artesanos locales. Pero cuando se pone a tope, son los sábados y domingos, en que las gentes que viven en las montañas, bajan a comprar y vender.

Bueno, pues ya es hora de que les hable de la plata, que es lo que ha dado la fama a esta ciudad. Todo Taxco est* sembrado de platerías, plata en mil objetos de uso diario, en joyas, en amuletos... los indígenas la llamaban "laxtaccuitlak", que quiere decir "excremento divino blanco", y solo podían usarla las personas de alta jerarquía. Brazaletes, arracadas, narigueras, pectorales con las im*genes de los dioses... Cuando llegaron los españoles, no dejaron que los indígenas la trabajaran, y trajeron plateros desde España, pero pronto tuvieron que convencerse, de que para ese arte los indios eran únicos.

Con lo años tuvo un declive que se superó en los años treinta del pasado siglo, con la llegada del periodista americano William Spratling, que llegó al país para escribir sobre México y pronto se quedó sin un duro. Entonces se interesó por los trabajos de los indígenas, y se montó un negocio de platerías, que fue el arranque de los actuales plateros y su manera de trabajar. Piezas finas, otras adornadas con piedras semipreciosas, con conchas de abulón o carey, usando distintas técnicas. Una  novedad fascinante son los metales "casados", es decir, plata, cobre y latón en la misma pieza. Y todo, a precios muy razonables. Todas las piezas deben de llevar la palabra Spratling con el 925 del contenido de plata, y el numero o inicial del artesano que lo ha realizado. Como imaginarán, mi recomendación de cositas para llevar o para regalo, es alguno de estos delicados trabajos de plata.

En cuanto a los manteles, o más bien en cuanto a las pitanzas que se ponen sobre ellos, son la mar de sabrosas y variopintas, y picantes. Una mezcla de condumio precolombino y cocina española, aunque cada región usa sus propios pucheros, en los que perduran los sabores ancestrales de toltecas, mayas e hisp*nicos. Maíz, frijoles, caña de azúcar, limones, chiles, verduras, en las que figuran una especie de cactus que se toman en ensalada y est*n buenísimos. Pl*tanos, papayas, mangos... Platos aderezados con muchas especias, y que llaman calientes, aunque se sirvan fríos. La base de muchos de ellos es el maíz, de cualquier manera menos en puré. Y las tortillas, las clásicas tortas de maíz, que se pueden enrollar y que a veces sirven de plato, de cuchara y de pan. Y a mojar en el guacamole, la salsa endemoniada que te hace arder. Las enchiladas se rellenan con queso y carne, y si las rocían con leche, las llaman suizas. Y las quesadillas fritas, con relleno de queso y calabaza. O las que llaman tacos, que llevan dentro huevos, carne, queso, chile y verduras. Y las tostadas, tortillas planas, fritas, con puré de frijoles, lechuga picada, carne de pollo y queso rallado.

De los chiles hay que hablar aparte. Son tan mexicanos como el tequila, y de una u otra forma, aparecen en casi todos los condumios. Rellenos de carne, con salsa dulce, almendras y granada. O los chiles verdes, con relleno de carne o pescado. Y los frijoles o judías pintas, que se deben guisar con aceites vegetales. Y los tamales, que son parecidos a las gachas.

La carne mas estimada es la del guajolote, ese extraño animal que encontraron los españoles y que no es otro que el sabrosísimo pavo. Que allí lo preparan de una forma muy especial, con una salsa picante, chiles, tomates, cacahuetes, chocolate, almendras, cebolla, ajos y ajonjolí. Y el cerdo, del que como aquí, se aprovecha todo, hasta la piel frita, que es lo que llaman chicharrones. Y las carnitas, pedacitos de carne fritos en manteca. Y pescados, y mariscos. Y una locura de frutas de todas clases, la papaya amelonada roja, la amarilla, el zopote negro y blanco. Por cierto que todas estas frutas aparecen también en helados y otras chucherías. Y  el también nativo chocolate, condumio de reyes, que dicen crea adicción.

Y todos esto regado con un vinillo del país, que no esta nada mal. Pero desde luego el trago mexicano por derecho propio es el tequila, brebaje diabólico capaz de producir la resaca mas espantosa que haya padecido cristiano. Pero hay que probarlo. Lo mismo que las margaritas, aperitivo nacional, que según dicen, fue el homenaje de un barman a la mítica Rita Hayworth.

Más Información:
Oficina Nacional de Turismo de México
Carrera de San Jerónimo, 46-2º a.
Tel.: +34 91 561 18 27
28014 Madrid




Un recorrido panorámico por Taxco




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