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Con nombre propio

   
   
   
 

Un doble de Bourbon


Harry Street


Un

El día había transcurrido con la pegajosa lentitud de una lengua de lava, quemando o socarrando a todo lo que encontraba a su paso. La feria a la que estaba asistiendo mostraba a ojos vista la crítica situación actual en la que todo el país se encuentra sumergido. Faltaba alegría tanto en los vendedores como en los posibles compradores. Y desde  luego el público en general no estaba más allá de lo que los políticos nos anunciaban cada día, desde la comodidad de su escaño o escritorio ministerial.

Algo abatido por la situación general y quizás también por la mía particular, que no era mejor que la del resto del país, decidí refugiarme en un garito de aspecto ajado y atrayente que encontré en una calleja aledaña a la plaza del Obradoiro, tras haber acabado una opípara cena acompañado de algunos de los compañeros de fatigas del día ferial, que más cansados que yo o con menos ganas de tomar un último trago, se marcharon a la soledad de su habitación de hotel.

Al entrar en el local, con tenues luces y pequeñas mesas de velador, lo primero que eché en falta, como me ocurría desde que la Pajín nos prohibió fumar, fue el olor a tabaco. Ese olor que te predisponía a gozar de un modo especial del vaso de bourbon que tanto me apetecía a estas horas, un olor, al final,que tanto añoraba.

Al fondo, a la derecha, la barra del bar brillaba y destacaba en la semipenumbra ambiental. En ella un par de parroquianos charlaban animadamente y algo alejada de ellos, una mujer encaramada sobre un taburete contemplaba absorta el contenido de su copa. Un vistazo al conjunto me permitió ver que eran poco más de media docena los que en aquellos momentos completábamos la clientela del "Angoisse" pues así se llamaba el antro de turno. Visto lo cual, decidí acodarme en la barra, cerca de la mujer del taburete.

"Un doble de Canadian Club", pedí al camarero que se acercó nada más apoyarme en la barra. La mujer del taburete me dedicó una fugaz mirada, a la que correspondí con lo más parecido a una sonrisa que me salio en aquel momento, el intercambio de miradas me permitió ver que la mujer, aunque guapa, era evidente que había tenido tiempos mejores. Sus ojos transpiraban soledad y sus labios sequedad de amor.

El camarero situó frente a mi un vaso ancho y bajo, con el dorado liquido pedido y cuando lo levanté, antes de llevarlo a mis labios hice ademán de brindar con la desconocida al tiempo que le decía "salud". Ella correspondió con el mismo gesto de su copa, lo que me dio pie suficiente para acercarme un poco más y presentarme. Hola, soy Enrique, qué tal. Fue mi escueta presentación.

Julia. Fue su aún más seca respuesta.

Esperas a alguien o pasas el tiempo, pregunté para comenzar una conversación. Ni una cosa ni otra, simplemente tomo una copa, escucho la música y si nadie me interrumpe, recuerdo otros días y otras noches pasadas aquí o en lugares como este.

¿Y son buenos recuerdos? Continué, no dándome por aludido en lo de la interrupción.

Lo son. 

En aquellos momentos sonaba "Harlem Nocturne" -canción que fue banda sonora de la famosa serie de TV Mike Hammer-, con el sonido desgarrado y melancólico de un Saxo.

Escucha, dijo Julia. Que gran canción. Este tema me trae recuerdos de un amigo que ha desaparecido hace poco tiempo. Era su favorita. Cuantas veces me ha contado sus historias imaginarias bajo el sonido un saxo y tras el relucir brillante de un vaso de escocés.

Lo siento. Quiero decir, que siento su pérdida. ¿Muerte natural o accidente?

Un poco de las dos cosas. Suicidio.

¿Por cobardía o valentía?

No creo que fuese por ninguna de esas dos causas, más bien por aburrimiento, por depresión, por no saber que pintaba en este mundo... Dos divorcios y multitud de amigas imaginarias con las que llenar una vida vacía y desesperanzada creada alrededor de lo que le habría gustado ser y no fue o de lo que quería ser y no se atrevía a ello. Yo se lo venía vaticinando "rey mío, no sigas en este juego, no te lleva a ningún sitio, vives en una realidad paralela y haces daño a mucha gente pero sobre todo te haces daño a ti mismo". "Deja la máscara y afronta la vida, real y dura, y como hacemos casi todos los demás".

Sería dolorosa su pérdida. Parece que lo querías o al menos que lo apreciabas.

Yo lo quería, o eso creo, pero él, aunque hacía creer lo contrario, no se dejaba querer. Vivía en un sueño o en una pesadilla, como el protagonista de una película de cine negro, con el problema de no conocer si era el protagonista o el actor secundario. Como protagonista intenté meterlo en mi cama en alguna ocasión, pero como actor secundario nunca se decidió a dar el paso. Su realidad era intangible.

Lo siento por él, creo que se perdió lo mejor de la película. No tengo duda de que en esta cinta imaginaria, si hay una protagonista, si hay una causa por la que luchar y pelear, esa eres tu.

La mirada de Julia resbaló por mi cara, mi camisa, se detuvo un instante a la altura del cinturón y continuó hasta un poco más abajo. He de decir que me inquietó, sus ojos dejaban ver casi más de lo que ella misma veía. Le pedí la cuenta al camarero, pagué, tomé la mano de Julia y le dije... Vamos.

Un profundo suspiro fue su única respuesta, bajando con elegancia felina del alto taburete de la barra del "Angoisse". El saxo seguía desgranando sus atormentadas notas y la madrugada se presentía cálida y larga, como la voz y la mirada de Julia.


A Carmen.


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