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Bodega

   
   
   
 

Bodega Tercia de Ulea


María Adela Díaz Párraga

Defendida por los bastiones inexpugnables de unas sierras que llevan nombres poéticos y decidores, como Álamos o Benamor, Moratalla extiende sus campos, paridores y fértiles, que relucen bajo el sol, con colores rotundos y olores secos. Ese es el paisaje de esta tierra que rezuma ese bien precioso y escaso, el agua, que se escapa en fuentes como la Nueva, la Vieja y la del Álamo, que dicen que cura las malencias de los bronquios y a los reumáticos.

Bodega Bodega Bodega

Esparto y manzanilla, romero y cantueso, y olivares, y las viñas. Porque por aquí se extienden los viñedos de la Bodega Tercia de Ulea, cuarenta y cinco hectáreas desparramadas entre las fincas de Ulea, Los Charcos, El Portugués y La Alberquilla. Tierra caliza, pobre en materia orgánica pero bien drenada, tierra que se empina entre los 650 y 800 y pico metros sobre el nivel del mar. Tierra de inviernos gélidos y veranos achicharrantes, con lluvias que al caer de octubre a enero, hace que la uva madure lentamente, sintiendo como sube el azúcar en sus granas, para regalar unos vinos con cuerpo, poderosos, amparados en la D.O. Bullas. Allí reina la uva Monastrell, como en toda la región, pero se ha abierto la puerta a la Tempranillo, Cabernet Sauvignon y Shiraz.

La Bodega
Pero ya es hora de que les cuenta algo de esta viejísima bodega, porque según cuentan se remonta a los tiempos en que entraron los cristianos en Moratalla, allá por el 1242, según consta en los Archivos del siglo XIII que guarda el Ayuntamiento; ya en los siglos XIV y XV se nombraba en viejos escritos su ermita, su torre granero y su bodega, con todo el trasiego que eso llevaba aparejado. Todo aquello pertenecía a los poderosos monjes soldados, a los Caballeros de la Orden de Santiago, que se dedicaban entre otras cosas, al laboreo de las viñas. Lo de Tercia le viene, porque era allí donde la Orden cobraba sus tercios. A lo largo de los años siguió su quehacer vinícola, aunque fue en el año 1865, cuando murió el ultimo Comendador de la Orden, el Infante don Francisco de Paula, y con la Desamortización, cuando la familia Chico de Guzmán, dueños de la finca El Portugués, se quedaron con la propiedad de la Tercia. Hay que tener un recuerdo especial, para Emilia Chico de Guzmán, bisabuela del actual dueño, que empezó a potenciar esos vinos, que en un principio solo compraban los cortijos de alrededor, y algunos mas alejados que acudían al reclamo del vinillo. A la matriarca, sucedió su hijo Joaquín, y con los años el nieto, Luis. En 1989, se actualizaron las viejas instalaciones, y ya con la cuarta generación, Diego Ruiz de Assin y Chico de Guzmán, decidieron embotellar hace unos diez años, y así nacieron esos vinos tintos, rosados y dulces, de los que mejor que hablarles, les aconsejo catarlos.

La bodega... pues igual que los vinos hay que catarlos, la bodega hay que verla, porque es algo muy curioso. Su primitivo emplazamiento, era junto a la antigua ermita de san José, pero en el año 2005 se trasladó unos metros mas abajo, a la Casa de Labor, de la que les contare algo después. Se puso al día en cuanto a la maquinaria y tecnología en la elaboración, pero sin perder ese delicioso y ancestral toque artesano. Modernos equipos para la selección y prensado suave, control de fermentación; una elaboración, que naturalmente se hace según las variedades de uva y las parcelas, manteniendo así controladas sus características y su personalidad. Después, los vinos pasan a depósitos con un máximo de diez mil litros, que recogen los distintos tipos, después de efectuar los coupages adecuados. Vinos rosados, tintos de cosecha y crianza, dulces...

Les mentaba antes la Casa de Labor, pues es una edificación de la primera mitad del siglo XX, que realizó José Maria Chico de Guzmán. Se aposenta en el antiguo edificio dedicado a graneros y establos, y allí manda en todo su poder la cultura del vino. La maquinaria antigua, en maridaje con la pintura contemporánea sobre el vino, es el escenario donde se explican las técnicas de elaboración. Hay sala de catas, de barricas, de embotellado, una patio ajardinado, una terraza donde se puede catar el vino con todo el tiempo del mundo, y una tienda donde podrán adquirir vinos y otros productos eno-gastronómicos propios de esta tierra.

En los siglos pasados, Moratalla, como tierra vinatera que era, tenia varias bodegas artesanales, que por desgracia desaparecieron cuando la temida filoxera hizo de las suyas, allá por los finales del siglo XIX, y primeros del XX.

Los Vinos
Los vinos, como les decía antes, hay que probarlos. Pero sí quiero apuntarles algo sobre algunos de ellos. Por ejemplo, "Tercia de Ulea 2008", un tinto joven, mitad y mitad de Monastrell y Tempranillo, que toma muy bien los 14 grados y medio, Un vino potente, jugoso, de gran frescura. Tiene un color rojo púrpura intenso con toques violáceos, nariz con aromas florales y frutales, de ciruela negra, granada, moras, violetas y pimienta negra. Entra en boca delicadamente, ofreciendo un largo final. Ha sido Medalla de Oro, en el IX Concurso Reino de la Monastrell. "El Tercia de Ulea cosecha 2006", con una crianza de doce meses en roble americano. Color rojo picota intenso, con aromas de fruta madura y regaliz, en boca produce sensaciones frutales. También este ha tenido sus premios, pues obtuvo una Medalla de Oro en el Concurso Internacional Zarcillo 2009, y otra de Oro en el IX Concurso Reino de la Monastrell. Y el Viña Botial, cosecha 2007, al que califican de mágico, con una semi crianza de cuatro meses en roble francés. Elaborado tras una rigurosa selección de las uvas, con un 65% Monastrell, y el resto Tempranillo. Tiene aromas de higos secos y canela, y un final muy aromático. Va muy bien con las carnes blancas, los quesos, y los guisos. Por cierto, que en Venezuela tienen una gran aceptación. Lo mismo que el Cañadas de Moratalla, una mezcla al 60% de Monastrell, 25% Tempanillo y 5% Cabernet. Y hay que probar los rosados, que llevan la etiqueta Rambla de Ulea. Un seco de la cosecha 2008. 100% Monastrell, color rosa fresa, con aromas de frutos rojos, intenso en boca, y con una acidez fresca, que empareja la mar de bien con arroces, pasta y aperitivos. Y con esta misma etiqueta el rosado semidulce, también 100% Monastrell y de 2008, que es algo muy especial cor su agradable contraste ácido. Tiene un aroma intenso a caramelo de fresa, y deben beberlo frío, acompañando foie, patés o tartas de fruta. En fin, unos vinos que han merecido muy buena puntuación en las prestigiosas Guías Peñín e Intervinos.


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