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Fin de Semana

   
   
   
 

Amar a Lisboa, una ciudad alegre y luminosa


José Bañuls

Desde siempre se ha tenido a Lisboa como una ciudad melancólica, abrazada al "fado" y a ese especie de resignada metrópoli embargada por su propia grandeza, pero tras anteriores visitas, en esta ocasión he encontrado a una ciudad luminosa, alegre e incluso bulliciosa, donde resulta maravilloso transitar por sus plazas y avenidas y disfrutar de una hospitalidad manifiesta.

Amar Amar Amar

Marqués de Pombal
Una buena opción para deambular por Lisboa, puede ser la de comenzar en las alturas de la Plaza de Sebastião José de Carvalho e Melo, más conocido como Marqués de Pombal. Un gran monolito recuerda la figura de este controvertido personaje, que tras el terremoto de 1755 se convirtió en el renovador arquitectónico de la ciudad. Representante del despotismo ilustrado en Portugal, dejaremos su biografía para mejor ocasión.

Bajando por la Avenida da Liberdade, precioso paseo repleto de un enorme arbolado y con un piso de mosaico realmente extraordinario nos vamos encontrando con numerosos hoteles, edificios singulares y diversos monumentos como el dedicado a los caídos durante la Gran Guerra. 

En la travesía de la Rua da Conceição da Gloria nos encontramos con el famoso "elevador" un singular tranvía que escala la empinada cuesta que enlaza la avenida con el Bario Alto. Y así llegamos hasta la Plaza de los Restauradores, donde se encuentra situado el antiguo Teatro Eden y la Estación Central de Autobuses, para a continuación contemplar el muy bello edificio inspirado en el estilo manuelino, de la Estación de Rossio, proyectada por el arquitecto Luis Monteiro.

En estas fechas de noviembre, el aire se impregna del aroma a las castañas asadas y las gentes andan cargadas de bolsas repletas de compras, seguramente relacionadas con la cercana Navidad, aunque un clima primaveral pone una agradable nota discordante y permite un grato paseo junto a las fuentes de la Plaza de Don Pedro IV, y contemplar el edificio del Teatro Nacional Doña María II, un templo en honor a las artes dramáticas erigido sobre las cenizas de un antiguo palacio. Desde aquí, pasamos a la Plaza da Figueira, y en ella subimos en uno de los elementos que suponen una seña de identidad de la ciudad. El "eléctrico", antiguo tranvía que en un trayecto memorable nos sube por empinadas callejas, a cual más estrecha, y nos lleva hasta el Mirador de Santa Lucia desde donde disfrutamos de una espectacular vista sobre Alfama y su maremagno de rojos tejados. Aprovechamos para realizar una visita a la iglesia del mismo nombre, y desde allí, a un paso, nos encontramos con las alturas del Castillo de San Jorge que bien merece una detenida visita, especialmente si queremos aprovechar los 14 euros que cuesta la entrada al mismo.

Abandonando el "Castelo", comienza una de las visitas más divertidas, pues deambular bajando las empinadas cuestas de las callejas de Alfama, representa toda una agradable experiencia. Rincones encantadores, fuentes que aparecen bajo un arco que cruza una calleja revestida de plantas y flores, una iglesia, la de San Miguel, por aquí y otra por allá. Un local donde disfrutar del "fado" como "A Biuca" en la misma Rua de Sao Miguel o un pequeñísimo bar con una terraza al aire libre, que ha convertido en una pista de baile, y la vida que se desparrama por estas callejuelas en las que abundan los bares de tapas y los locales donde a la caída del sol el "fado" se hace el dueño del lugar. Una experiencia que tampoco se pierden cientos de turistas que al igual que yo, recorren Alfama con los ojos sorprendidos de contemplar este barrio singular.

Ya cerca del Tajo, pasando por el Campo das Cebolas, encontramos la Casa dos Bicos, con su increíble fachada, y siguiendo la Rua de Alfándega llegamos a la Iglesia Da Conceição Velha, para desde ella, a un paso, plantarnos en el famosísima Praça do Comércio, asomada sobre el río y atestada de jóvenes y turistas. La hora propicia permite contemplar una espectacular puesta de sol, con el Puente 25 de Abril como fondo.

Desde la Plaza del Comercio, caminando por la Rua Augusta, pasamos frente a multitud de tiendas de todo tipo de comercio. Desde café a vinos de Porto, pasando por multinacionales que se juntan con pequeños colmados de ultramarinos. Realmente es un amasijo encantador, si a ello le añadimos la multitud de terrazas de bares y cafés que ofrecen todo lo imaginable. Otra sorpresa le espera al caminante, cuando al llegar a la travesía de la Rua de Santa Justa, mira hacia la izquierda y contempla la estructura del Elevador de Santa Justa, también llamado Elevador do Carmo, es un ascensor que une los barrios de la Baixa Pombalina y el Chiado, enlaza este céntrico paseo de Santa Justa con la Praza do Carmo, junto al Museu Arqueológico do Carmo.

De nuevo llegamos a Rossio, a la Plaza de Don Pedro IV, y allí se hace imprescindible una parada en la Pastelería Suiza, lugar emblemático durante muchos años para todos los españoles, y especialmente españolas, que visitaban Lisboa y encontraban en La Suiza un punto de reunión y donde entablar amistades.

Todo un recorrido por una Lisboa entrañable, que debía de acabar con una cena en alguno de los muchos restaurantes, especialmente en la Rua das Portas de Santo Antao. El bacalao es el rey de la gastronomía portuguesa, al menos para quién esto escribe, y la noche tuvo la antesala con un magnífico plato de Bacalau Dourado, en las cercanías del Teatro Politeama. El broche final corrió a cargo de unos "fados" que prepararon el ambiente para un próximo y cercano regreso a Lisboa.

Castelo de São Jorge
El Actual Castelo de São Jorge está enclavado en las alturas de la colina de San Jorge, anteriormente conocido simplemente como el Castillo de los Moros, su posición dominante ofrece unas magníficas vistas sobre la ciudad y el río Tajo. El recinto cuenta con unos 6.000 metros cuadrados de extensión.
En él destacan la Torre del Homenaje, la Torre de Ulises, la del Palacio, la de San Lorenzo, de Torre de la Cisterna y la Puerta de Moniz. Así mismo son destacables los yacimientos del Barrio Islámico y los restos del Palacio del siglo XV al XVIII.

El Castelo siempre tuvo una gran importancia en el plano militar. En el contexto de la Reconquista cristiana de la península Ibérica, tras la conquista de Santarém, las fuerzas de Alfonso I de Portugal (1112-1185), con el auxilio de los cruzados normandos, flamencos, alemanes e ingleses que se dirigían a Tierra Santa, atacaron contra esta fortificación musulmana, que capituló tras un duro cerco de tres meses (1147).

 Rezan las tradiciones que el caballero Martim Moniz, que se destacó durante el cerco, al ver una de las puertas del castillo entreabierta, sacrificó su propia vida al interponer su propio cuerpo en el vado, impidiendo su cierre por los moros y permitiendo el acceso y la victoria de sus compañeros. Como muestra de gratitud, el castillo, ahora cristiano, fue colocado bajo la invocación del mártir San Jorge, a quien muchos cruzados profesaban devoción. Pocas décadas más tarde, entre 1179 y 1183, resiste con éxito a las fuerzas musulmanas que asolaron la región entre Lisboa y Santarém.

Juntamente con la ciudad el castillo volvió a sufrir con los terremotos de 1531, 1551, 1597 e 1699. En ese ínterín, volvió a las páginas de la historia militar portuguesa en el contexto de la Restauración portuguesa. Su Alcaide, Martim Afonso Valente, honrando el juramento de fidelidad que había prestado, sólo entregó la plaza a los Restauradores tras de recibir instrucciones de Margarita de Saboya, Duquesa de Mantua, a la sazón Virreina de Portugal, que le ordenó la rendición en (1640).

La mudanza de la residencia real a la zona ribereña, la instalación de cuarteles y el terremoto de 1755, contribuyen a la degradación del monumento. Descaracterizado y, en parte, prohibido a los lisboetas, llega al Siglo XX.

Clasificado como Monumento Nacional por Decreto de 16 de junio de 1910, sufre importantes obras de restauración en la década de 1940 y al final de la década de 1990, que tuvieron el mérito de rehabilitar el monumento, actualmente uno de los más visitados por el turista en la ciudad de Lisboa.

El monumento ofrece una visita a los jardines y miradores, un espectáculo multimedia (Olisipónia), una cámara oscura (Torre de Ulisses), espacio de exposiciones, sala de reuniones/recepciones (Casa do Governador) y loja temática a sus visitantes. El precio de la entrada es de 14 euros, contando con descuentos para diversos colectivos.

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