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El Gran Tour

   
   
   
 

Gracia, Dioses y Héroes


María Adela Díaz Párraga

Un viaje a Grecia, es un regreso a la historia estudiada en la infancia, al encanto de la mitología que hechizaba la adolescencia, pero es también un caminar por la seducción, el romanticismo y las risas de Zorba. ¿Ustedes han sentido alguna vez el aliento de los dioses? ¿No? ¡Ah!, eso es porque no han estado en Grecia. Allí, en la antigua Helade, sentirán ese soplo a poco sensibles que sean. Lo sentirán al subir a la Acrópolis, y ver amanecer desde el cabo Sunion, que en la antigüedad era el extremo de Atenas. Grecia es siempre un destino interesante para cualquier viajero, pero la verdad es que muchos no pasan de visitar lo mas conocido, y una les diría que vale la pena perderse en otros caminos.

Gracia, Gracia, Gracia,

Desde luego, lo primero es tener un encuentro con Atenas, la capital del mundo antiguo, la ciudad de la diosa Atenea, que brillaba espléndida cinco siglos antes de que naciera Cristo. Se cuenta que la fundó Cécrope, el dios serpiente, pero leyendas aparte, lo cierto es que  miles de años antes de Cristo, ya existía un pequeño poblado asentado sobre la colina de la Acrópolis, habitado por la tribu de los pelasgos. Desde cualquier punto de la ciudad, a la vuelta de una esquina, aparece la Acrópolis, donde se ubica el Partenón, obra maestra de Fidias, un templo jónico mas pequeño dedicado a Atenea, y el Erectión, en el lugar donde compartían templo la diosa y Poseidón. Y los Propileos, y el Porche de las Cariátides; y el templo de Dionisos, tan importante en la mitología griega, y a su lado, el teatro donde se celebraban las fiestas del alegre dios. Y pasarán por el Areópago, una pequeña colina donde se reunían los políticos y los jueces, y desde donde san Pablo predicó el cristianismo. Y el monumento a Filípappo, y el ágora, centro vital de la vida ateniense antigua. Bueno, y muchas cosas mas. La Biblioteca de Adriano, y la puerta que lleva su nombre, un arco grandísimo, que  separaba la ciudad antigua de Teseo, de la nueva de Adriano, y no se pierdan una visita al Museo Arqueológico.

Y ya que hemos cumplido con la historia, vamos a callejear. A recorrer sus largas avenidas, jalonadas de hermosos edificios, llegar hasta el Palacio Real, para ver el cambio de guardia de los "evzones", esos militares tan insólitamente vestidos. Y sentarse en uno de los muchos cafés que rodean la vieja plaza Syngdama, el corazón de la ciudad, y dejar pasar las horas. Llegar hasta el Psiri, el viejo barrio, donde se agrupan los gremios por calles. Y perderse en la Plaka. Porque el barrio de la Plaka, es una ciudad pequeñita dentro de Atenas, cuajada de pequeños comercios, familiares y artesanos, de cafetitos perfumados con el aroma del café griego, de plazas remansadas, como de ciudad provinciana.

Después, llegar hasta Epidauro, que tiene un clima maravilloso, fíjense si será bueno, que fue el lugar que eligió Asclepios para abrir su primera consulta. Allí está todavía su santuario, aunque bien poco queda del que fue el más importante, cuatro siglos antes de Cristo. Al lado del templo, estaban las viviendas de los sacerdotes, las de los médicos, el gimnasio... Lo propio de un lugar terapéutico.

La verdad es que solo por conocer su magnífico teatro, ya vale la pena visitar este lugar. Un teatro soberbio, casi intacto, excavado directamente en el paisaje. En la antigüedad, estaba considerado como el más perfecto, por su armonía arquitectónica y su maravillosa acústica. Podía albergar catorce mil espectadores, bueno, los alberga todavía, porque cada verano se representan en él a los grandes clásicos griegos. Su constructor fue Policleto, el mismo que hizo el templo y el Tholos, un edificio circular sostenido por columnas corintias, que usaban para prácticas rituales. Y como todo no va a ser historia, y vagar por los caminos del divino Asclepios, que a lo mejor por la psiquis les cura alguna malencia, y deleitarse con las grandes parrafadas de Sófocles y compañía, Epidauro tiene un litoral ideal para la pesca submarina, y sitios preciosos donde albergarse a la orilla del mar.

Y tienen que ir a Delfos, amparado en la falda del monte Parnaso, morada de musas  inmortales. A Delfos, lo llamaban en la antigüedad "El Ombligo del Mundo", una no sabe si  porque lo consideraban el centro de la tierra, o porque su poderío religioso y moral, llegaba a limites insospechados. Nadie, absolutamente nadie, dejaba de ir por lo menos una vez en su vida, a consultar el famoso oráculo que se aposentaba en el templo de Apolo. La pitonisa contestaba a las preguntas mas insólitas, pero solo una vez por semana. A menos que se desatara una guerra tipo Troya, que algún hijo, bajo el peso de las profecías se cargara a su padre; o cualquier pequeñez por el estilo. Además, el oráculo tenía vacaciones en invierno. Aunque de ustedes para mi, que una se ha enterado muy bien, lo del oráculo era una engañifa de los sacerdotes. Claro que alguna vez acertarían, y entonces ya tenían la fe asegurada.

Lo que queda  de aquel esplendor, es impresionante. El templo de Apolo, se levantaba en el centro del recinto del santuario, y se llegaba hasta él por el Camino Sagrado, jalonado de edificios llamados Tesores, y que eran pequeños santuarios donde se depositaban las ofrendas. El mas fastuoso y rico, dicen que era el de los Atenienses. Vengan, acérquense. ¿Ven esas inscripciones en las piedras y en las columnas? Pues son Actas de Liberación de esclavos, avaladas por los sacerdotes. Y allí más abajo, hay otras ruinas menos importantes, pero muy interesantes. Un templo de Atenea, y el Tholos, una rotonda de mármol preciosa. En el Museo, al que hay que entrar aunque solo sea por ver el  maravilloso Auriga de Delfos. Y además, porque al lado de la puerta, hay una fuentecilla, con un agua riquísima, que lo parece el doble después de bajar de los soleados dominios de Apolo.

Seguro que no siquiera tengo que decirles que esto es Corinto. Ahí esta el canal que lo avala, un canal que facilita el paso de los barcos de un lado a otro. Pero no crean que siempre ha sido así, que hace montones de años, los barcos eran transportados de un lado a otro en carros de bueyes, que no era nada cómodo. Hasta que Nerón, que aparte de sus aficiones a los hogueras tenia algunos detalles buenos, empezó las obras del canal. Por cierto, que fue él mismo quien las inauguró con una pala de oro, el detalle morboso es que dicen que el mango estaba hecho con el hueso  de un cristiano. Menos mal que las obras no siguieron adelante, porque más macabro no podía ser. Por fin, a finales del siglo pasado, el canal fue una realidad. Siete kilómetros de largo, veintitrés metros de ancho, y setenta de profundidad.

El viejo Corinto, no es esto que ustedes ven. Esta es la villa de construcción reciente, a la orilla del mar, y a unos siete kilómetros del viejo. Además, es un centro comercial muy importante, y la mar de agradable para pasar unos días. No olviden que aquí se crían las mejores pasas del mundo, y los higos, y un vino con sabor a pasas, que es cosa fina. Si quieren, podemos sentarnos en alguna de sus terrazas a la orilla del mar, o  pasear un poco entre sus vergeles maravillosos, o sobre la fina arena de la playa.

El Corinto antiguo esta más allá, y es algo impagable tener  un encuentro con él, imaginarlo tal cual fue, con el ágora de la colonia romana del siglo I. Con la larga avenida que unía el Foro con el puerto de la ciudad y con el golfo de Corinto. Dentro de la villa, tiendas, templos y edificios administrativos, las tres fuentes que daban de beber a los corintios. El templo del dios Apolo, que levantaron seis siglos antes de que naciera Cristo; mas allá, el Foro, y las ruinas del teatro y del Odeón romano. Y la Acrocorinto,  la arcaica ciudadela fortificada que construyeron los bizantinos, sobre las ruinas de otra anterior, y a la que fueron añadiendo cosas los francos, los venecianos, los turcos... Bueno, por aquellos altos, también hay ruinas de edificios de esas apocas, y sobre todos, un panorama hermosísimo sobre el golfo de Corinto.
                                    
Y  por fin, Micenas. La Iliada, la Odisea, las tragedias de Sófocles y Esquilo... Todo, todo parece real nada mas pisar la tierra micénica, parte de la antigua Argólida.  Aun no hace mucho tiempo, que la guerra de Troya, parecía la historia de un escritor con fantasía, hasta que Schlieman, un arqueólogo alemán, pensó que era un relato  demasiado hermoso y terrible para no ser cierto. Descubrió el paisaje, recuperó la vida de Agamenón, hizo excavaciones, y una parte muy importante de la historia mostró sus huesos y piedras a los siglos actuales. En la Argólida vivieron gentes tan especiales, que parecían sacados de una leyenda, y héroes tan reales, como salidos de la vida misma. En este lugar que pisamos, hubo una ciudadela prehistórica, fortificada con murallas ciclópeas, que a una le hace pensar qué raza de gigantes serían los hombres que la levantaron. Si tienen un poco de imaginación, nada mas atravesar la Puerta de los Leones, casi les parecerá sentir los fragores troyanos. Por aquí entró Agamenón,  ansioso por llegar a casa, y esas marcas que ven ahí, dicen que las hizo con las ruedas de su carro. Este fue el lugar donde Clitennestra, con la ayuda de su  amante Egisto, se lo cargó. Y donde Orestes mató a su madre, porque le pareció excesiva su acción. Crímenes y escándalos, que agitaron toda una época, dando pie a historias y leyendas.

Miren, ese es el Tesoro de Atreo, una de las mas importantes muestras de la arquitectura micénica. Fíjense qué puerta tan monumental, a su lado cualquiera se siente insignificante.  Y ya estamos dentro... Impresiona ¿verdad? Miren hacia arriba, todas esas piedras formando bóvedas en círculos concéntricos... Maravilla pensar como se pueden sostener con tanta audacia. La tumba de Agamenón, y otras misteriosas, que según cuentan acogieron a Clitennestra, a Egisto, a varios atridas, y que reglaron sus tesoros al Museo de Atenas. Hasta la mascara de oro, que dicen que  perteneció al poderoso Agamenón.

Pero no podemos dejar Grecia, sin pisar Olimpia, aposentada en lo que se conocía como Arboleda Sagrada del Altis. Eran los dominios de Zeus, y cada cuatro años, le dedicaban competiciones atléticas que duraban una semana En los tiempos mas remotos, este fue el lugar de culto a los dioses prehelénicos, y aquí estaba el más famoso de los santuarios griegos.

Según viejos papeles, los Juegos Olímpicos, empezaron en el año 776 antes de Cristo, y se celebraban en el Estadio, donde podían aposentarse hasta cuarenta y cinco mil personas, hombres solo, que a las mujeres les estaba prohibida la entrada. En las excavaciones que se hicieron donde se supone estaban las casas de los sacerdotes, apareció el estudio del escultor Fidias, donde talló la soberbia estatua de Zeus en oro y marfil. Para conocer la historia de este mítico lugar, ustedes tienen que perderse entre sus piedras, intentando contactar con sus gentes legendarias, y entrar en sus museos. En ellos van a encontrar... todo. Esculturas del siglo V antes de nuestra era, representación de carreras de carrozas, y de la batalla de los Lapios y los Centauros; los trabajos de Hércules,  la magnífica estatua de Hermes de Parxiteles. Estatuillas de barro y de bronce, un yelmo persa, perteneciente al botín de la batalla de Maratón, y el yelmo que usó en ella el héroe Miltiades.

En fin, pienso que todo esto que les he contado, les hará sentir el deseo de perderse en estos tentadores caminos, donde se confunde la historia y la leyenda.
 
MAS INFORMACION:
OFICINA NACIONAL HELENICA DE TURISMO
Quintana, 2-2º.
28008 Madrid.
Telf. 91.548.48.89
www.visitgreece.gr


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