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Naturaleza

   
   
   
 

Islas de Kekova, atardecer en las naves de piedra


José Bañuls

La goleta en la que llevaba todo el día navegando, se acercaba lentamente a la Isla de Kekova, dominada por la imponente mole del castillo de Kaleüçagiz situado en lo alto de la montaña que forma la isla, una versión reducida de lo que fue hace miles de años y que los repetidos movimientos telúricos que sumergieron ciudades en toda la costa, la han dejado convertida en este pequeño islote.

Islas Islas Islas




Las velas de la embarcación se reflejaban en las limpias y cristalinas aguas del Mediterráneo, especialmente bello en Apolonia, trozo de la costa de Anatolia o “Antalya” como la llaman los turcos, en que están situadas las Islas de Kekova. Instantes antes habíamos navegado por encima de los restos semi sumergidos de ciudades milenarias, especialmente sobre la ciudad de Simena, a la que numerosos seísmos, han acabado por hundir en su práctica totalidad.

Desde la superficie clara y transparente de las agua, se podían ver las paredes principales de las construcciones, la disposición de las casas en las calles así como los antiguos muelles y, jugando con los reflejos, incluso parecía que algunos de sus habitantes siguieran morando en lo profundo del mar, como si de míticos atlantes se tratara.

Envuelto en fantásticos pensamientos (ya que el paisaje, la somnolencia causada por el leve balanceo del barco y el canto cadencioso e ininteligible para mi de un marino turco, eran lo más proclive a ello), no me había percatado, hasta el momento en que el casco golpeo suavemente en el muelle, que ya estábamos en la Isla de Kekova.

Subiendo al castillo

Cogiendo el equipo fotográfico, salté a tierra y me dirigí primero por una empinada calle y después siguiendo las huellas de un sendero, hacia lo alto de la colina, con intención de llegar hasta la más alta de las murallas del castillo, sobre las que ondeaba orgullosa, la bandera turca. Conforme iba ascendiendo se me unieron en alegre comitiva varios chiquillos del lugar que a cada paso me ofrecían diversas baratijas para comprar y me guiaban por el mejor lado del sendero.

A media altura, cuando ya empezaba a faltarme algo de aliento, el sendero dejaba de ascender y serpenteaba en semi llano, entonces, en uno de los recodos del camino encontré la singular vista de un cementerio, las tumbas a modo de sarcófago de dura piedra, con la cubierta construidas con forma de embarcación invertida, semejaban una playa llena de naves varadas, a la espera de que los licios, antiguos habitantes de la zona, volvieran a navegar en ellas.

Entre sorprendido y maravillado por tan singular paisaje, y apremiado por la joven más parlanchina y simpática de entre la chiquillería, continué mi ascensión hacia lo alto del castillo de Kaleüçagiz, que a pesar de la considerable altura en que me encontraba, daba la sensación de estar cada vez más lejos. Al fin y tras más de una hora de periplo, me encontré entre las ruinas, y subido a lo alto de sus muros pude contemplar el más bello atardecer que podía imaginar. El sol iba ocultándose poco a poco tras la línea del horizonte, salpicada por pequeños islotes, a la vez que sus bruñidos reflejos bañaban las aguas de una luminosidad como si de oro fundido se tratara.

Las naves de piedra

Sumido en la contemplación de tamaño panorama, transcurridos unos minutos, observé que una joven extranjera (después comprobé que de nacionalidad alemana) había llegado antes que yo, y recostada sobre una de las murallas estaba realizando diversos dibujos y bocetos de aquella puesta de sol, en los cuales, tenían destacado protagonismo los sarcófagos licios que componían la eterna e inmóvil marina de aquella singular necrópolis. En sus bocetos, el sol reflejaba de tal forma en ellos, que parecía que de los mismos salía una luz de vida, cuando en su interior, de haber algo, sólo sería oscuridad.

Ese detalle me hizo entender, que cuando el alma está en paz y el lugar acompaña a la quietud y la belleza, somos capaces de ver algo en nuestro interior, que habitualmente nos pasa desapercibido. Desgraciadamente, yo con mis sofisticadas cámaras fotográficas, solo pude reflejar la bella y maravillosa realidad.

La oscuridad empezó a ser la protagonista y era la hora de, tras comprar algunos recuerdos a mis jóvenes guías, empezar a bajar hacia la goleta, que desde el muelle hacía sonar su sirena llamándome a bordo y continuar así, el plácido viaje por aquellas aguas e islas, que tan bello recuerdo dejaron en mi mente.

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