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Bon Vivant

   
   
   
 

El Club 21


María Adela Díaz Párraga

Algunos de ustedes habrán tenido la suerte de visitar Nueva York, y otros soñarán con ir algún día, pero seguro que todos, habrán oído hablar alguna vez de un mítico lugar, lleno de glamour y leyenda, el Club 21

El El El

Ochenta y tantos años en sus paredes, ya que nació en los felices años veinte del pasado siglo, en pleno poderío de la controvertida Ley Seca. Ni que decir tiene, que estaba convenientemente camuflado, que en menos que se cuenta aparecía la policía y se llevaba a clientes, propietarios y empleados de los clubs. Y por supuesto, todo el licor disponible, que ya le gustara a una saber, que hacían con el o a que manos iba a parar. Pero eso señores, es otra historia.

Pues como les decía, fue en el año 1920 cuando dos amigos y compañeros de universidad, tuvieron la feliz idea de instalar un club, con el generoso propósito de dar de beber al sediento. Y no agua, precisamente. Le pusieron el nombre de “Red Head”, y se aposentaba en una discreta vivienda unifamiliar, en la calle 52 de Greenwich Village. Nadie se hubiera podido imaginar, que tras aquella sencilla e inocente verja de hierro, se abría un diminuto local. De que no recibiera una visita indeseada, se encargaba un empleado de confianza, que a través de una mirilla, podía ver si eran clientes habituales, gansters, policías o los temidos inspectores del fisco. Y cumplía tan escrupulosamente su cometido, que se cuenta que pudo eludir casi todas las redadas de la policía; excepto una, allá por los años treinta.

Pero esta sirvió de escarmiento a sus propietarios. Contrataron arquitectos e ingenieros, que diseñaron un sistema de seguridad la mar de sofisticado. Era como el escenario de una película de espías con falsas escaleras, y paredes que ocultaban mas de dos mil cajas de las mejores cosechas. Allí podían encontrar ustedes Montrachet 1889, Romanee Conti 1880, y hasta el exquisito Chateau Lafite Rothschild. Pero no crean que era fácil penetrar en el misterioso mundo de la bodega, no señores. Solo se podía abrir introduciendo una varilla especial a través de un diminuto orificio, para correr el pestillo. En cuanto se tenia la menor sospecha de que iba a aparecer la policía, los botelleros se plegaban automáticamente, y las botellas bajaban con cuidado por una rampa, desapareciendo como  por arte de magia.

Las cosas han cambiado mucho, y hoy el 21, se ha ganado una merecida fama de ser el mejor restaurante de Nueva York. Ahí están para demostrarlo esos personajes famosos que han pasado por sus lujosos comedores. El naviero Onassis, que tenía debilidad por la “Hamburguesa 21”; la “Salsa 21”, la salsa de la casa, un mejunje endemoniado de ketchup, con la que se curaba la resaca el periodistas Heywood Brown. En cuanto a Joe di Magio, el famoso jugador de baseball y marido de la mítica Marilyn Monroe, se volvía loco con el “Chicken hash”, el pollo con verduras rehogadas. Al restaurante lo conocen como el de “Power luncheons” o “comidas de poder”, porque dicen que en sus mesas, se cierran fabulosas operaciones y negocios, que no se consiguen en ninguna sala de juntas. 

“Si te sientas a la barra el tiempo suficiente, pasará a tu lado el mundo entero”. Eso dicen. Y es que señores, allí se va a comer y ser visto. Nadie que se precie, puede dejar de ir al  21. Estrellas de cine, deportistas, cantantes, poderosos ejecutivos, millonarios de siempre y nuevos ricos. Hasta los presidentes de Estados Unidos, de Roosevelt a Clinton, han estado allí. Una sociedad elitista, que se mueve rodeada de la mas curiosa colección de objetos, desde accesorios deportivos hasta maquetas de barcos y aviones, que han donado los altos ejecutivos de las compañías.

 Con los años el Club 21, ha pasado por varias manos, y su ultimo propietario, Orient Express, se hizo con él en el otoño de 1995.






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