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El Gran Tour

   
   
   
 

Marrakech, en las faldas del Atlas


José Bañuls

Tendida en la llanura, rodeada de un palmeral inmenso, Marrakech, presidida por la torre de la Kutubía, se condensa en la plaza de Jemaa el Fna. Una ciudad que, al atardecer, cuando la luz es más suave, aparece envuelta en tonos rosados, casi mágicos.
-Alfonso de la Serna, 1988-


La ciudad de Marruecos, antigua capital del reino de este nombre, arruinada por una continuación de guerras desastrosas y despoblada, además, por el azote de la peste, no es hoy día sino sombra de su esplendor antiguo.
-Ali Bey, "Viajes por Marruecos" 1804-

Marrakech, Marrakech, Marrakech,

Verán, estas dos descripciones tenía yo de Marrakech, además de la cinematográfica de "El hombre que sabía demasiado" cuando tras atravesar un tupido y extenso palmeral, divisé por primera vez los ocres muros de Marrakech. Evidentemente, las primeras líneas no son  sino eso, primeras líneas de escritos mucho más largos, que en el fondo solo hicieron que acrecentar mi deseo por conocer en propia experiencia, la  ciudad de Marruecos, hoy llamada Marrakech, pues en tiempos pasados se conocía por igual nombre tanto a la ciudad como al país, al menos en los idiomas europeos. La necesidad de diferenciar al país y a la ciudad hizo que poco a poco, el vocablo Marrakech fuera el dominante para el topónimo de la ciudad.

Quienes no llamaron nunca a este país Marruecos, sólo llamaron así a la ciudad- son los marroquíes y los árabes en general. En árabe el país se llama "al-Magrib" el País de Occidente y más exactamente "al-Magrib al-Aksa" el País del Extremo Occidente. Esta disertación casi filosófica probablemente sea conveniente para situar al lector en el contexto de Marrakech, una ciudad con tanta personalidad  que dio a Marruecos el nombre con el que es conocido fuera de la órbita árabe.

Marrakech se desparrama tendida al sol sobre una gran llanura rodeada de un palmeral inmenso con el fondo omnipresente de la cordillera del Atlas y las cimas nevadas de sus más altas cotas que alcanza hasta los 4.000 metros en la cúspide del Tubkal, escarchado de nieves perpetuas. En Marrakech, en algunos lugares de Marrakech, se disfruta de la majestad que le otorga su condición de ciudad imperial, compartida con las otras tres viejas capitales del reino: Fez, Mekinez y Rabat.

La ciudad sólo es multicolor en el zoco, en los zocos hay que decir con más propiedad, pues son varios de ellos de los que dispone. En todo lo demás, Marrakech es bicolor. Ocre y verde. Ocre en todas, absolutamente todas sus construcciones, desde sus 12 kilómetros de murallas hasta sus numerosos palacios, antiguos o modernos, lujosos o en ruinas. Y verde, muy verde, en los parques y plazas y sobre todo en sus palmeras y sus naranjos, y en sus olivos y cipreses, pues también de ellos hay profusión en Marruecos-Marrakech.

Pero donde se disfruta del color de Marrakech es al atardecer, cuando el sol poniente la inunda de claroscuros y todo se torna de un color rosado, suave, mágico. Desde los toldos de los puestos de zumo de naranja de Jemaa el Fna, hasta el alto alminar de la Kutubía, todo adquiere un sugestivo tono rosáceo. Y este es sin duda, uno de los signos de identidad de Marrakech, la Kutubía. 

Se alza dominante, recta, pura, con sus cuatro grandes globos de cobre dorado en todo lo alto, aunque hay quién dice que el más alto y más pequeño de los globos es de oro puro. ¿Leyenda, realidad? ¿Quién lo sabe? Pero ahí está, atrayendo a los fieles a la hora de la oración. Seguramente, ni el propio Yacub al-Mansur cuando la mandó construir allá por el siglo XII, pudo suponer que casi diez siglos después seguiría siendo, con sus 77 metros de altura, el centro de atención de los rezos de miles y miles de fieles.

Marrakech, a pesar de sus grandes murallas, es una ciudad abierta a todos los caminos, hecho principalmente motivado por estar situada en plena llanura. Es vibrante, de gentes que van y vienen, a veces da la sensación de ser un campamento nómada, pero no es de extrañar si consultamos la historia y esta nos dice que eso precisamente fue en sus orígenes, un gran campamento almorávide, que conquistaron el Zagreb, atravesaron el Estrecho de Gibraltar, invadieron Al-Andalus a petición de los propios reyes de "taifas" y establecieron un gran imperio que llegaba desde Mauritania hasta el río Ebro. La capital de ese imperio fue Marrakech. Una vez más, tan lejos, tan cerca.

Luego fue también capital del Imperio Almohade. Seguidamente sufrió el eclipse durante la dinastía de los benimerines y fue la capital de la dinastía saadiana, de la que se conservan unas imponentes tumbas, y al fin, residencia de los alauies, hasta hoy mismo que en realidad es la "Capital del Sur". Y a esta capital llegan cada día miles de personas a realizar mil y una tarea o gestión, o simplemente a pasar el día en la ciudad. Esto la convierte en un mundo mestizo, cruzado, múltiple, que se condensa o al menos a mi me lo parece, en la alucinante, y no obvien el adjetivo, Plaza de Jemaa el Fna.

Jemaa el Fna
No me atrevo en este trabajo a intentar descubrir a Jemaa el Fna, que según algunas hipótesis filológicas, quiere decir lugar rapado y desprovisto de vegetación. Y quizás eso sea lo único que le falta a la plaza, pues aunque siempre está llena de turistas extranjeros que llegan hasta ella de todas las partes del mundo, la plaza no es un espectáculo para turistas, ni es un montaje de promoción. No. Es la plaza del pueblo, de verdad, el lugar de reunión. El zoco de las mañanas donde se compran desde corderos hasta coles. Es el espectáculo de la tarde, el lugar de paseo. Aquí se concentran los campesinos del Alfoz de Marrakech, los montañeses del Atlas, los viajeros que llegan desde la costa o el sur, los habitantes, en fin, de la propia ciudad. Aquí todos juntos, contemplan, contemplamos atónitos, este gran teatro al aire libre, la gran rueda del mundo, como si de un tapiz móvil se tratara. Los saltimbanquis, los encantadores de serpientes, los contadores de cuentos, los domadores de monos, los echadores de cartas y adivinadores del porvenir, los vendedores de filtros, pócimas y talismanes, los proveedores de amuletos y remedios para las dolencias del cuerpo y del alma, los luchadores, los músicos y los bailarines, mientras cae la tarde, degustas un fresco zumo de naranja y el ambiente se llena del perfume de la "harira", del humo de los pinchos, el olor fuerte del cordero y el tintineo de las campanillas de los aguadores, y no puedo seguir describiendo la plaza, sencillamente por que no sé. Pero si puedo decir algo más. ¡Venga! ¡No se la pierda, no se arrepentirá!

Y después de esto, ¿qué seguir diciendo de Marrakech? Pues mil cosas. Marrakech, como ya he entredicho, tuvo épocas de grandeza extraordinaria, el oro parecía dorar a Marrakech en tiempos de los almohades, aquí vivió Averroes, el gran filósofo. Al pie de la Kutubía se afirma que había un centenar de librerías y aún hoy se la conoce como la mezquita de los libreros. Testimonio de aquellas grandezas es la Mezquita de la Kasbah, erigida en el siglo XII por el sultán Yacub al-Mansur, el mismo de la Giralda de Sevilla. Hay que ver, naturalmente, las ya mencionadas tumbas Saadianas. Hay que ver las ruinas desoladas del Palacio El-Badi, (donde se celebra actualmente en el mes de julio, el Festival de Folklore de Marrakech, no quiero pensar en el calor), que fue construido en 1578 por el sultán Ahmed el-Mansur, después de la victoria en la batalla que nosotros conocemos como de Alcazarquivir. Este gran palacio fue demolido por gran sultán alauí Muley Ismael, celoso de sus predecesores saadies. Tampoco está permitido visitar Marrakech y no perderse por sus tiendas de anticuarios y sus largos y tortuosos zocos, ni dejar visitar sus numerosas puertas de las murallas y ya que estamos en ellas, entrar y visitar, si no tiene el privilegio de ser uno de sus huéspedes, al viejo Hotel La Mamounia, el hotel legendario y encantador, con su parque lleno de naranjos, de olivos y de palmeras, a cuya sombra, Sir Winston Churchill reposaba de sus quehaceres mientras pintaba un cuadro y en donde yo, afortunado mortal, mientras leía las últimas páginas de "La Cena Secreta" de Javier Sierra, disfrutaba de un caliente té a la menta junto a una evocadora piscina. Hay que visitar, al fin, el frondoso Jardin Majorelle, donde tenía su residencia Yves Saint Laurent y también los Jardines y el Estanque de La Menara, hoy algo desmejorado por una moderna actuación, pero siempre grandioso y espectacular. Y por último y no menos importante, hay que descubrir y degustar la auténtica y exquisita cocina marrakchí en un tranquilo y seductor restaurante como Al Baraka, y no se deje engañar, pues como dice el periodista Pablo Dalmases en su libro "Quiero ser Ali Bey", "...tras una pared cualquiera de las que dan a la plaza de Jemaa el Fna, desaparece el ruido y hay un remanso de paz".

Más Información:

C/ Ventura Rodríguez, 24, 1º izq.
Tel: 91 542 74 31 - 91 541 29 95 - Fax: 91 547 04 66
28008 Madrid
email:informacion@turismomarruecos.com
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